miércoles, 24 de diciembre de 2008

Madrid

Según mi padre decir que soy lesbiana es convertirme en la abanderada de la causa gay. Si escribo un cuento y algún personaje es gay estoy haciendo apología de la homosexualidad. Escribí un relato, gané un concurso, lo publicaron y me dieron quince copias del librito. Se llama Repaso a una vida con un diccionario a mano y, como el título bien indica, en nueve páginas resumo mi vida hasta este momento. Resulta que soy española, fui a un colegio, a una universidad, viajé, trabajé, me enamoré. Todo rarísimo. ¿Qué padre no querría leer una pequeña historieta de cómo ve su propia hija su vida? Pues el mío. No puedo obligarle. No sé por qué he venido a su casa por Navidad. Feliz Nochebuena y Feliz Navidad.

Acabo de lanzar uno de los quince ejemplares contra la pared. Ya sólo me quedan catorce.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Regular Customers

¿Qué sería de los trabajos de cara al público sin los regular customers, esa buena gente que poquito a poco va formando parte de tu universo currantil?

Podría aburriros con los distintos regular customers con los que he tropezado a lo largo de mi excitante vida de currillos por aquí y currillos por allá. No lo haré. Me limitaré a esbozar un bella lista de los clientes habituales de ese lugar al que voy para hacer cosas a cambio de un sueldo semi digno y al cual amo sin contemplaciones.

Podría decirse que hay dos categorías:

Clientes Habituales

Patrick

Hombre, 30 años apróx, británico. Tarado perdido. Viste siempre impecable: trajes cortados con harto gusto, zapatos relucientes, gabardinas exquisitas, maletines que ya quisiera para mí. Con unas gafas de pasta negras que le hacen parecer un mono, por algún motivo extraño. Habla muy bajito y es ultra tímido. Viaja un montón, dice que porque su empresa – de qué no lo sabemos – le manda, pero suponemos que va de psiquiátrico en psiquiátrico. A la vuelta siempre descarga sus fotos en el ordenador que tenemos para uso de los clientes, e invariablemente son imágenes de las alas de un avión y de los edificios feos que se ven desde su “hotel”. Más majo. Hace poco nos quiso regalar unas fotos especiales de las que se sentía muy orgulloso. Había ido a Singapur y en las cuatro instantáneas salía él con los ojos desorbitados, sonrisa maléfica y sujetando un rifle. Pidió que las colgáramos en la pared donde ponemos las postales bonitas que de vez en cuando aparecen entre los libros. No se tomó bien que nadie estuviera a favor de las armas. Suele comprar libros chungos sobre terrorismo y violencia.

Colette

Mujer, 60 años apróx, francesa. Cotorra simpatiquísima. Lleva más de 30 años viviendo en Londres, muy cerca de la librería – creemos que sola - y le encanta estar rodeada de gente. Dice trabajar para un abogado que es un perfecto gentleman. Cada vez que tenemos el puesto de libros montado aparece con comidita. El malvado espíritu navideño ha provocado que cambie las galletas de chocolate por los intragables mince pies (hojaldres terribles rellenos de carne y mermelada). ¡Maldición! Habla por los codos, casi siempre sobre la exhibición que ha ido a ver ese día o la película que piensa ver esa noche. Afirma que mi nuevo aspecto andrógino es bastante sexy.

Polaca Bella

Se llama Alicia – en polaco Alsa o algo así – tiene unos 35 años y estudia Psicología. Siempre quiere hablar con alguna de las dos Polacas, y este detalle me rompe el corazón. Aún así cada vez me habla más, y el otro día hasta me pidió que le ayudara a encontrar libros sobre un tipo concreto de yoga: bajada de puntos total.

Wee–Wee Man

Wee-Wee es el equivalente inglés de Pipí. Vamos, una manera linda de decir que el tío huele a pis y a caca. No sé cómo se llama, tiene unos 35 también y trabaja en la universidad que hay al lado de la bookshop. Cada semana viene entre dos y cuatro veces, saquea las secciones de Science-Fiction y British History e impregna la tienda entera de un olor pestífero que nos obliga a ventilar una buena media hora. Y en invierno eso es la muerte y la devastación. Es muy majete, pero no compensa.

Trabajadores de establecimientos cercanos

Las chicas del cine, las de la peluquería de al lado – que no hacen más que pedir libros sobre gitanos – la chica de la óptica a la que guardamos todo VHS infantil que entra para sus hijos, la manager del restaurante que nos da cafeses y hot chocolates gratis…


Vendedores Habituales

Sin parar viene gente con maletas o bolsas más o menos grandes dispuesta a canjear libros ya no queridos por dinero en metálico o por otros libros. Así subsistimos, junto con las varias bibliotecas de muertos recientes que recogemos semanalmente. Pero las siguientes personas que a continuación cito son una fuente de entrada de libros importante, y aún diría más: imprescindibes.

Waterstones Man

Es muy probable que no debiera contar esto, pero what the hell! Se llama Keith y cada viernes nos trae un cargamento de libros nuevitos. Libros que están de moda en estos momentos en las mega librerías. Lleva gafas empañadas y es un ser muy misterioso. No sabemos de dónde saca tantos ejemplares cada semana, o no queremos saber. Los trae envueltos (¿o debería decir escondidos?) en bolsas de Waterstones (la Fnac de aquí) dadas la vuelta. Las distintas teorías de cada uno de nosotros oscilan entre ladrón de guante blanco y conductor de camiones que llevan la distribución logística de Waterstones. Está claro que de alguna manera tiene acceso permanente a multitud de títulos recién salidos del horno. Nos viene genial, que queréis que os diga, las cosas como son.

Peter

El inglés borracho. Según el Dueño antes tenía una pequeña librería de textos académicos – sobre todo Filosofía, Historia, Política, Psicología y Lingüística – pero tuvo que cerrar porque era incapaz de competir con las grandes superficies imperialistas e hijas de puta. Desde entonces nos va trayendo su almacén a poquitos. Debía de tener un almacén del tamaño de Groenlandia. Sabemos que es borracho por su cara rojísima y sobre todo por su aliento quema-cejas.

Hussein

El árabe con gorro de lana y carrito lleno de libros que saca de vete tú a saber dónde (charity shops, la calle, tiendas de otros, su casa…). Al Dueño le hace gracia y nunca le manda a paseo, sino que le da propinillas. Rara vez colocamos sus libros en otro lugar que no sea el “Books for Free” que hay a la entrada de la tienda.

Kevin

Es un veinteañero londinense que no huele muy bien pero que siempre nos trae unos libros de arte estupendos. Dice que trabaja para distintos museos llevando las tiendas de souvenirs, y que por eso cuando van a tirar los libros que nadie ha comprado él se los queda antes. Yeah, right…


Todo esto tenía que contaros.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Viaje de vuelta o despropósito

Por motivos verrrrrrrry personales mi viaje a China no pudo llegar en mejor momento. Sé que no he dicho mucho sobre mis tres semanas en ese país, y puede que no lo haga. Porque es personal. Me resulta más fácil contaros cómo fue mi viaje de vuelta. La siguiente historia está basada en hechos 100% reales, verídicos y demostrables.

Hyde Park y Kensington Gardens a vista de pájaro

Tardé exácticamente 37 horas y media desde que me despedí de mi Amiga en la puerta de su hogar chino hasta que abrí la puerta del mío en Hackney, London.

Cogí mi último taxi pekinés y me planté en la Terminal 3 del aeropuerto de Beijing con tiempo de sobra para ir sin prisas. Lo primero que me encuentro al facturar es un cartelón que informa sobre el cambio de planes de mi vuelo: salimos a las 16 horas. Estupendo, sólo eran las 9.30.

La buena noticia fue que repartieron comida y bebida. Me apalanqué en la puerta de embarque dispuesta a sobrellevar lo mejor posible tantas horas de aburrimiento. Escribí cartas de amor a desconocidas y leí The Good Soldier Sveijk (Jaroslav Hasek). Al rato llegó un grupo de diez Finlandesas Invertidas, a cada cual más rubia y sessi. Cuando a las 15 horas llegó la tripulación de Finnair se revolvieron bien revueltas fichando a las azafatas sin un mínimo de pudor. Yo también fiché a las azafatas, que para mi disgustazo eran morenas. Durante un bostezo hice contacto visual con una de ellas. Siempre viene bien tener camelada a alguna encargada de tu alimentación y seguridad aéreas. Recé para que no fuera la azafata de Business Class.

La megafonía de la Terminal 3 insistía en la repetición inmisericordiosa de ocho canciones, entre ellas el Para Elisa, No Llores Por Mí Argentina versión instrumental y el Claro de Luna. No sé si sabéis que en uno de los seis tramos de escaleras mecánicas que bajan al infierno en el metro de Cuatro Caminos hay un guitarrista que sólo toca el Claro de Luna, una y otra vez. Durante los cinco años consecutivos que dediqué mi exitosa existencia a Pinto, Coloreo y Fumo Porros escuché esa canción de lunes a viernes en mi viaje diario a Ciudad Universitaria. Esto dicho, comprenderéis por qué me pasé las seis horas de espera rememorando viejas glorias universitarias mías, como cuando tuve el honor de ser la primera y única expulsada de mi clase al confundirme el profesor de Historia del Siglo XX con la chica de la fila de atrás, que era quien en realidad armaba escándalo al jugar una partida absurda de carrera de bolis. ¡Yo! ¡Que saqué un 10 en selectividad! Jamás regresé a esa clase, y por supuesto saqué un sobresaliente a final de curso, como una señora. Faltaría más.

Todo salió mal. El retraso. La comida chunga que Finnair ofreció para compensar la jugada (arroz que se olvidaron de cocer y pollo con almendras de sabor dudoso). Y me tocó como compi de vuelo un abuelete finlandés que ya había visto antes hablando con el grupo de Desviadas Tías Buenas. Me había llamado poderosamente la atención su manera de bostezar y resoplar, clavadita a la de los chinos. Casi me da algo al descubrir que pasaría las próximas nueve horas de mi martirio a su lado. Olía a viejo que ya no siente la necesidad de ducharse ni de lavar sus camisas. Además se quitó los zapatos y el olor mejor no os lo cuento.

Parece broma, pero la azafata a la que una hora antes había puesto ojitos y morritos de pronto llegó hasta nosotros e invitó al abuelo putero a ocupar un asiento vacío que había algunas filas más allá.

Cuando mi pantallita personal se encendió y mostró el mapa de la ruta de viaje que seguiríamos me entraron unas ganas de llorar terribles. ¡No quería marcharme! Beijing está tan lejos, y es tan molón. 6315 Km hasta Helsinki. Lo echo mucho de menos, a todo y a todos. Estuvo genial, y me da bastante por culo que lo mejor que me ha pasado este año hayan tenido que ser unas vacaciones y no la vida real. Aunque supongo que precisamente ha sido este carácter ocioso lo que ha hecho de estas tres semanas una experiencia total. Pero me hubiera gustado quedarme de parásita un par de semanitas más… Jopetas in the night.

Fue chupi cuando el piloto explicó los motivos de las seis horas de retraso: nevadas de hasta 40 cm en Helsinki. Es peligroso, añadió. Me quedé mucho más tranquila. Las turbulencias fueron hartas.

Mi emoción conoció pocas fronteras al descubrir que una de las pelis ofrecidas en el Entertainment Pack era Mamma Mia! Estas últimas semanas me he dado cuenta de que amo un poco a Meryl Streep. ¡Mamma Mia como está en la peli de Abba!. Le dan las mejores canciones: Dancing Queen, Sleeping Through My Fingers y The Winner Takes It All. Enorme. Para alguien que a la hora de elegir email utilizó la palabra abba, este musical es de cabecera. Confieso que cuando terminó la volví a poner (sólo los números musicales) seguida de Eduardo Manostijeras por vez número 123456.

http://uk.youtube.com/watch?v=Upn1pXynmbw : Esto es una madre

Aterrizamos a las 2 de la mañana hora china, 8 de la tarde en Helsinki. La conexión a Heathrow estaba más que perdida y me tocó chuparme una cola de dos horas hasta que los de Finnair me encontraron una habitación para esa noche. Tras comprobar la calidad del hotel (un Holiday Inn maravilloso con un suelo térmico que echaba humo) decidí que sería bastante positivo salir a gozar Helsinki la Nuit.


Bicis nevaditas en Helsinki

Volví de hacer turismo nocturno a las 5.40 de la mañana, hora china (23.40 en Finlandia). Me fui a la cama del tirón dispuesta a levantarme a las 5 de la mañana hora europea. Un lío padre.

Cinco horas después un autobús me llevaba de vuelta al aeropuerto. La cola del Check-In iba a uno por hora. Cuando por fin me llegó el turno le rogué a la facturadora que me diera un food voucher, pues la cena y el desayuno que en teoría estaban incluidos en el hotel fueron ficticios (la cocina estaba ya cerrada cuando llegué por la noche y aún no había abierto por la mañana al marcharme). A la facturadora se le cayó el alma al piso y me dio un vale de 8 euros que, huelga decir, no pude usar dada la velocidad ridícula del Security Control. Tuvieron que decir mi nombre por megafonía y todo. Le pregunté a una de las azafatas de la cola de embarque si el cupón podía ser utilizado en el avión y ¿hace falta que os diga la respuesta? Con las mismas se lo regalé. La verdad es que tuve bastante contacto con el personal femenino de Finnair en ese viaje.

Lo mejor fue que al final tuvimos que esperar en la salita previa a subir al avión media hora. Mi frustración al realize que habría tenido tiempo de gastarme el voucher sólo fue comparable a la que me asaltó cuando Bárbara la italiana me dijo en Pingyao que tres de las camas de su compartimento habían estado vacías las doce horas que por primera vez pasé rodeada de todo menos de sonidos chinos placenteros. Hablaré de mi viaje solitario al remoto pueblito chino de Pingayo en otra ocasión.

¡Oh! ¿Y os podéis creer que me tocó la última fila del avión, la única que no se reclina? ¿Verdad que sí? Gracias a esta ubicación estrella fui la última en recibir su merecido desayuno. Llevaba sin probar bocado desde la segunda comida del malogrado vuelo Beijing-Helsinki, hacía más de 15 horas. Jamás una tortilla blanca con guarnición de tomates calientes me supo mejor. ¡Mmmm!

De Helsinki a Heathrow no hubo pelis, pero sí un documental necesario sobre por qué a los filipinos les gusta tanto el baloncesto. Apasionante se queda corto.

But, cuando llegamos a Londres: oh my goodness. No sé qué problema técnico hubo (una incidencia más o menos poco me importaba ya) y el piloto explicó que debíamos sobrevolar London diez minutos antes de poder aterrizar, sentimos las molestias. ¿Molestias? El sol brillaba, ni una nube, y volábamos muy bajo sobre esta ciudad magnífica. Se veía todo: el Thames, Tower Bridge, London Eye, Buckingham, Waterloo, Hyde Park, ¡hasta Notting Hill! Menudo buen rollo me dio esta entrada espectacular.

Aterrizamos a las 9.10 hora británica, las 11.10 en Helsinki y las 17.10 en Beijing. Mi Amiga ya había ido y venido de la oficina dos veces y a mí aún me quedaba enfrentarme al nada reliable London Tube.

Desde Heathrow fueron 23 paradas en la Picadilly Line hasta Russell Square, pues menos mal que me di cuenta a tiempo de que mis llaves las tenía la realquilada de mi cuarto. Quedé con mi FF (flatmate francés) y fue bello. Casi todos mis flatmates trabajan o estudian junto a mi bookshop, así que al despedirme de FF me fui directa para allá. Estaba el Dueño solito y se alegró un montón de verme. Corrió a comprar croissants recién hechos y tomé mi primer Earl Grey en condiciones, con leche fresca. Al rato llegaron el Lituano y Polaca I, y al final me quedé casi tres horas entre el desayuno, los reencuentros y la elaboración de mi nuevo horario. Resulta que hasta Navidul no sólo hay un mercadillo los sábados sino también los miércoles. ¡Bien!

Caminé con los trastos a cuestas hasta Holborn y cogí el bus 38. No lo creeréis pero dos cosas horribles quedaban aún por suceder. Primero noté un olor inconfundible seguido de un sonido aún más conocido: una chica no china sorbía noodles dos filas delante de mí. Casi la mato. Me alegré al menos de no ser la única con cara de “qué puto asco, tronca”. Lo segundo fue más grave, porque de pronto el autobús paró en Kingsland Road y había mogollón de policía y ambulancias. Todos nos tuvimos que bajar. Un camión se había tragado a una biciclista que por suerte no estaba muerta, pero sí chunga. El buen rollo que me hasta entonces me había dado Londinium se disipó no sabéis cómo de rápido.

Me tocó caminar 20 minutos hasta la siguiente parada en alguna calle que no estuviera cortada por el accidente, con el mochilón y un cansancio acumulado que ya era too much. Decidí que TFL (Transport For London) pagaría el pato por todos estos infortunios míos y me subí al siguiente autobús sin pagar.

Eran las 2 de la tarde - 10 de la noche en China - cuando por fin llegué al hogar, dulce hogar.

Con todo, repetiría este caos antes que volver a coger un tren de asientos a Pingyao

jueves, 4 de diciembre de 2008

Alice Parrinder

Tiene 27 años. Es británica, trabaja en el mundo de la moda pero no es, ni muchísimo menos, una fashion victim. Su porte y saber estar son naturales, no necesita fingir ni pretender nada. Glamourosa como pocas e increiblemente atractiva. Consciente de todo esto, se enfrenta a la vida con una confianza en sí misma más que envidiable. La conocí ayer mismo. Ésta es ella:




De pequeña una vez tuve un álter-ego: Lucía Lanfish. No sé qué fue de ella.

Mi casa londinense parece broma: siempre está llena. A los seis full-time flatmates hay que sumar dos o tres part-timers más las visitas esporádicas. En China a los integrantes de este último grupo los llamaban "parásitos" y, si se ponían muy tontos o pesados, "ladillas". Yo espero no haber sido más que una parásita bien maja...

En estos momentos en mi casa estamos los 6 de siempre, una part-time alemana - petarda es poco - y dos parásitos recién llegados de Nueva York. Ella es griega, amiga de una de mis compis griegas. Él es su marido, israelí aunque residente estadounidense. Se conocieron en la isla de Paros hará tres años y se casaron para que ella pudiera vivir legalmente en los yuesei.

Él es fotógrafo y ella es la manager de una tienda de calzado súper exclusiva y radical llamada Irregular Choice, en pleno Soho neoyorkino. El motivo de esta estupenda visita fue la inauguración que ayer hubo en Carnaby Street del primer Irregular Choice londinense. La griega nos invitó a todos, y mi FF (flatmate francés) y yo no dudamos en acudir.

La tienda es estrecha, alargada y no muy grande. Había más de 600 personas invitadas. Fue un infierno de calor y gente fashion. Todas y todos llevaban unos zapatos imposibles con tacones de hasta 16cm. Huelga decir que mis botrancas eran marrones y altas, pero nada fashion. Además llevaba el casco de la bici. Traté de mejorar la situación con una corbata roja comprada en el mismísimo Yashow pekinés.

Estoy harta de las guest-lists, son una memez absurda que sólo sirven para potenciar el grado importacia que una persona cree poseer. We are all going to hell, subnormales. El caso es que si no estabas en lista no entrabas. Y dentro había champán y donuts gratis. Y cerveza Asahi. Y chicas guapas y DJ's que pinchaban The Beatles (así cualquiera) y unas locas que te hacían diseños purpurinosos en la cara. Yo pedí unas olas plateadas y azules a modo de sombra de ojo y alguna decidió que mis labios estarían divinos con un rojo putón verbenero. Sin comentarios.

La griega no sabía lo de la guest-list, pero enseguida apañó una solución magnífica que derivó en el trastrono de personalidad - por una noche - de FF y mío. El mundo saluda a los recién incorporados Tom Leavis y Alice Parrinder. Como buenos francés y española, obviamente por ningún lugar colaba que fuéramos quienes decíamos ser. Podríamos haber explicado que nuestros padres eran británicos o canadienses que se establecieron en Francia y España respectivamente y de ahí nuestros acentazos. Ni nos molestamos la verdad. Dijimos nuestros nombres con el mejor inglés que jamás tuvimos y nos negamos a hacer más conversación con la chica de la lista, por temor a ser calados. Quedamos como unos perfectos maleducados. Oh well.

Alice se pasó la tarde entera hablando con todo el mundo. Muchas cosas podrían decirse de ella, pero no que fuera tímida. Daba gusto verla bailar, coquetear, posar para las distintas cámaras. Ni una sola vez amenazó con la Cara Sénsual. Sin embargo, no me dio mucha pena despedirme de ella al final de la velada. Me dio su número, para que la llame siempre que quiera. Ya veremos. En realidad no me apetece demasiado.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Ghostbusters!

El viernes me pasó una cosa bastante bella. Se llama Secret Cinema.

Un chaval, Tom, nos contactó el jueves para que please, please, please le prestáramos 2000 libros, por la jeta. En cuanto explicó el motivo nos pareció estupendo y accedimos encantados: necesitaba recrear la biblioteca que sale al principio de Cazafantasmas. ¿Que por qué? Pues porque Tom forma parte del Secret Cinema, un grupo de gente que, como bien explican en su página web www.secretcinema.org, se dedican a ofrecer nuevas maneras de ir al cine.

El secretismo radica en que hasta el último momento nadie sabe qué película va a ver ni dónde. Sólo las doscientas primeras personas que entran en la web y pinchan en no se qué link reciben un correo un par de horas antes del comienzo del show especificando el lugar al que deben acudir y los cachivaches/disfraces necesarios aunque no obligatorios que dan más juego.

En cuanto se personó Tom el viernes en la bookshop dispuesto a sobrecargar su fragoneta con libros, no dudé en pedirle una entrada. Cual relaciones públicas poderoso de Pachá enseguida me "metió" en su lista. Chupi.

A pesar de la soledad de mí misma, como una campeona me presenté en el Royal Horticultural Hall, muy cerquita de Westminster, dispuesta a dar lo máximo.

La cola era inmensa, pero una llamada a tiempo a Tom me situó en el buen camino. El chico estaba muy ocupado, pobre, así que me presentó a sus amigos - todos diseñadores de muebles - y tan contenta.

La sala, enorme, estaba dividida en Cine y Recreación. El Cine era un cine sin más: pantalla y sillas. La Recreación era total: la biblioteca, la nevera que abre Sigurni Weaver, el sofá, la oficina, el laboratorio, el despacho del alcalde... La película entera estaba recreada y por todas partes los actores representaban las distintas escenas de modo que tú estabas en el salón de la chica cuando una fuerza oculta catapulta su sofá hacia la cocina. El chavalín que hacía de Rick Moranis estuvo impresionante, correteando de arriba a abajo, en la calle y en la sala, huyendo de un oso que sólo él veía.

El público no defraudó y los disfraces ochenteros fueron hartos. Mi compi Lituano me había conseguido un mono de pintor blanco y un casco de obra amarillo, pero se suponía que ni yo ni nadie podíamos saber hasta el último minuto que la película en cuestión sería Ghostbusters, así que me quedé con mi atuendo de librera (el mismo que uso cuando soy viajera, camarera, recepcionista, lectora, escritora, muchacha ociosa: vaqueros y camiseta. Hete aquí mi elegancia campe-chana).

El paripé teatral duró una buena hora de palomitas gratis hasta que por fin empezó la peli. Creí que el cielo se nos venía encima cuando en la escena del hombre nube gigante estallamos todos en una carcajada conjunta a la par que exlosiva. Qué buena cosa. Si es que no cuesta nada tenernos entretenidos.

Terminé la noche bailando hasta altas horas con recién conocidos en un buen lugar de Shoreditch. ¡Bienvenida de nuevo a Londres Lu!

domingo, 23 de noviembre de 2008

China




Hangzhou


















La Gran Muralla














El Templo del Cielo












Shanghai













El Palacio de Verano














La Ciudad Prohibida












lunes, 17 de noviembre de 2008

Cantando bajo la niebla china



Los Chinos cantan, y no digo más ná. A solas y en grupo. Ópera, karaoke o canciones tradicionales. En los parques, en las plazas, en los restaurantes. Cantar es un aspecto fundamental de su cultura, hasta figura como asignatura obligatoria en los planes de estudio escolares. Y todos cantan estupendamente. No entienden, por ejemplo, el concepto occidental de ir a un karaoke para descojonarte de lo bien o mal que canta la gente. En China la música se vive y se comparte con una solemnidad que yo jamás sospeché.

Visitas turísticas obligadas al Templo del Cielo o a la Montaña del Carbón quedan de pronto relegadas a un segundo plano. Las pagodas y los templos son alucinantes, claro, pero lo mejor es ver a los Chinos haciendo sus cosas: caminar de espaldas para vivir más y protegerse del Alzheimer; paseando pájaros en jaulas para que les de el aire y así canten más contentos; se juntan para practicar taichi o diversos estiramientos; ensayan coreografías, tocan instrumentos y, sobre todas las cosas, cantan.

Llega alguien con un cachivache que aúna en su ser un altavoz, un micrófono y un karaoke, se planta donde sea y se pone a cantar. Enseguida el público que se congrega a su alrededor forma un corro de varias filas y el/la/los cantantes les cautivan con una canción tras otra.

También hay quien canta ópera, y quien saca un micrófono a pilas del bolso y se arranca a cantar a pelo. Es genial. Tengo unos vídeos que no tienen precio, como una resaca en Shanghai a base de sambucas.

La otra noche mi amiga y sus compis me llevaron a cenar a un restaurante tibetano al que van mucho porque el precio es positivo, la carne de yak es harto sabrosa y además hay espectáculos durante la cena. Pero esa noche en cuestión se celebraba allí el cumpleaños de una Tibetana Moderna y Desviada que había juntado a no menos de cincuenta personas. Sus invitados iban llegando y le ofrecían regalos que ella acumulaba en un rincón, pues abrir los regalos a la vista de todos está considerado un acto de avaricia brutal.

Nuestro yak no defraudó, a pesar de los múltiples cartílagos. Las canciones y bailes tibetanos se sucedían en una atmósfera de opulenta animosidad. Y de pronto la Tibetana Moderna y Desviada se subió al escenario, enganchó el micro y soltó una parrafada de varios minutos que, obviamente, no comprendí. Entonces se reunieron con ella en el escenario otras dos Tibetanas Fashion que también hablaron por los codos vete tú a saber de qué. Los invitados, y nosotras, aplaudíamos sin parar, hasta que sin previo aviso (o quizás sí avisaron) las tres tibetanas se pusieron a cantar de puta madre, a tres voces y con una coreografía sosa cual cualquier comida preparada por mí (es que no le pongo sal a nada). Una canción siguió a otra y luego un invitado siguió a otro. Todos salieron a cantar. Mi Amiga quería entonar el Dancing Queen, pero nadie nos invitó a hacerlo.

En algún momento alguien de los nuestros creyó reconocer una de las canciones que las tibetanas cantaban, y tras una investigación fructífera nos enteramos de que sin saberlo estábamos asistiendo al cumpleaños de una cantante muy famosa por estos lares. Y para la ocasión ella y su grupo deleitaban a sus amigos de la farándula oriental con sus greatest hits. Por supuesto les pedimos un CD, nos hicimos mil fotos con ellas y nos dieron sus números de móvil. Al día siguiente se marchaban de gira por todo el país y parecían muy contentas de habernos conocido.

Me faltan muchas fotos, tiempo al tiempo que estoy muy lejos... ¿de dónde?...

sábado, 8 de noviembre de 2008

Lo peor que te puede pasar al cortarte el pelo y aborrecer tu nueva imagen es irte de viaje




Y es que hay fotos que ni la mejor Cara Sénsual (o Sensual Face) es capaz de enmendar. En ocasiones soy frívola... y lo acepto.

Estoy en Beijing. Yo nunca había salido de Europa (salvo aquella vez que fui a Túnez en el viaje de fin de carrera, pero no lo recuerdo bien: el alcohol es negativo. Incité a una chica al suicidio - nada le pasó - montamos en camello y me disfracé de Leticia Ortiz Rocasolano visitando el cristo de Medinacheli). De modo que volar tantas horas por vez primera fue emocionante. Al blog pongo por testigo que jamás volveré a utilizar un aeropuerto londinense que no sea Heathrow. Se llega en metro y no tienes que levantarte a las 2 de la mañana para coger un autobús infernal que cuesta harto y tarda dos horas en llegar a Luton, Gatwick o Stansted. ¡Nunca Mais!
De London-Heathrow volé a Helsinki, cuyo aeropuerto es caro a más no poder (casi 10 euros por unos tampones). Tenía cinco horas de espera hasta el siguiente vuelo, pero pregunté a varias gentes y todos coincidieron en que no tenía tiempo de ir a descubrir la bella capital finlandesa. Sólo era media hora en autobús pero justo era rush hour y los atascos estaban asegurados. Menuda mierda, pensé yo.
Así que vagué cinco horas por ese aeropuerto. Por cierto que anocheció a las tres y cuarto... ¡y a mí que se me caía el alma al piso cuando en Edimburgo se hacía a oscuras a las tres y media! Estamos hablando de quince minutos menos de luz. Prefiero la muerte a pellizcos.
En el último momento el Dueño de la librería me dejó The Third Policeman (Flann O'Brien) y durante la espera agotadora pasaba de ese libro - ya lo comentaré cuando lo acabe, pero debo adelantar que todo libro en el que un personaje está enamorado de una bicicleta debería ser imperativo - a la Lonely Planet de China. Confieso que hasta ese momento no había pensado mucho en el viaje. Había leído cosillas sobre Beijing, pero voy a estar en este país 20 días y de pronto descubrí que puedo ir a Vladivostock. Mi emoción no conoce las fronteras. También el Dueño y Polaca II (parejita feliz) me regalaron por mi cumple un cuadro inmenso de Marilyn Monroe que, al igual que el movimiento de placas tectónicas o la genética, jamás comprenderé. A pesar de la indignación comprensible y totalmente justificada de mis cinco flatmates he acomodado semejante bodrio artístico en el cuarto de baño con jacuzzi.
El vuelo Helsinki - Beijing fue una paliza de casi nueve horas en las que no pude dormir porque la China de delante lo primero que hizo fue reclinar su respaldo de modo que mi incomodidad era absoluta, y además en cada asiento había pantallitas individuales con una selección de pelis, documentales y series nada escasa. Lo único que no funcionaba era el canal de la BBC, por lo que no me enteré de la victoria obamanesca hasta mucho después. Sin embargo, que hubiera mucha oferta no significa que hubiera calidad. Tras un breve análisis me decanté primero por Indiana Jones IV (perjudicial: doblaje mexicano - a Indy le llaman Jonsitos - y hay extraterrestres y platillos volantes... ¿por qué, Steven, por qué?) y después Sexo en Nueva York, la película (sin comentarios). Luego intenté dormir pero la China y su comodidad me lo impedían. Me dediqué entonces a mirar por la ventana para gozar de un documental en directo de paisajes mongoleños y chinos, desierto del Gobi incluido.
Llegué a Beijing a las 10 de la mañana, poco después del momento MANI: Masilla Amarilla No Identificada que hacía las veces de tortilla chunga. Fue curioso, a la par que asqueroso, cómo pocos minutos después de que las Azafatas Finlandesas sirvieran tan rico "desayuno"el ambiente comenzara a oler sospechosamente a infierno pedorril (a quien no se le escapara uno que tire la primera piedra) y las colas para hacer uso de cualquiera de los múltiples baños parecieran no tener fin.
Mi amiga consideró que lo mejor sería irme a dormir cuando tocaba, y no en ese momento como a mí me hubiera gustado. Por algún extraño motivo me hacía ilusión tener jet lag, y me cago en su madre, en su otra madre y en el juez que las casó. Por fin me desplomé en la cama 35 horas después de haberme levantado, aunque en realidad sólo eran menos ya que en Londres eran las dos de la tarde y no la hora de dormir china.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Flann O' Brien

En la bookshop podemos llegar tarde, coger dinero prestado de la caja y devolverlo (o no), tocarnos las narices, llamar a China, contestar mal a los clientes... El Dueño goza repitiendo que está encantado de volver a sentirse un anarquista, porque durante muchos años tuvo un trabajo estable como psicólogo y olvidó sus ideales de juventud.

Sin embargo, hay una regla inviolable, una sola: ningún libro de Flann O'Brien puede ponerse a la venta. Es el escritor preferido del Dueño y aspira a tener la mayor y mejor colección obrienesca del mundo.

Debo reconocer que yo nunca había oído hablar de él, y el Dueño, al enterarse de este lamentable asunto, no daba crédito: "¡¿Entonces jamás has leído The third policeman?!" me preguntó angustiado.





Por supuesto desde ese momento El tercer policía está en todas mis listas de libros para leer con la prontitud que merecen. Las listas cambian cada dos días, cada vez que descubro alguno que necesito leer YA. Y a esto súmale que el Dueño siempre dice "Sí, sí", pero a la hora de la verdad siempre consigue encontrar alguna excusa por la que justo ese día no le viene bien que te lleves prestada alguna de las 7732 copias que guarda en una estantería secreta.

Lo curioso es que estaba el otro día viendo Lost (sí, he vuelto a engancharme, ¿qué pasa?) y en un capítulo se ve a Desmond, el escocés con visiones futurísticas y charlie-mortales, leyendo ese mismo libro. Al día siguiente se lo conté al Dueño y me dijo que ya lo sabía, que él no ve esa serie pero que eso no le impidió enterarse de lo solicitadísimo que de pronto se volvió su libro favorito después de que televisaran por primera vez ese capítulo (es de la segunda temporada). Parece ser que el libro y la historia de Lost tienen mucho que ver.
Mi intención de llevarme una copia para leer durante mi viaje inminente a China (me voy este martes, día electoral, puta la gracia que me hace) se vio truncada, cómo no, porque el Dueño teme que algún chino malvado me robe su tesoro. Así que al final me llevo diversas guías sobre Beijing y China, El buen soldado Sveijk (Jaroslav Hasek), Absurdistán (Gary Shteyngart) y Homage to Catalonia (Orwell). Aunque mañana trabajo y espero encontrar alguna sorpresa de última hora, como la que encontré ayer y que he devorado esta mañana a pesar de la resaca brutal tras el fiestón de anoche (era mi cumple: mucha cerveza pero poca diversión): la autobiografía del mismísimo Paul Auster.
Creo que ya he comentado lo encandilada que me tuvo este señor al principio de conocerle, y cómo catorce libros después me aburre harto, porque se repite cual ajo pocho y ya no cuela, flipao.
La autobiografía, no podía ser de otra manera, parece una novela de ficción austeriana más. Y es que Paul es lo más. Estoy un poco tristona y no me apetece explayarme.

sábado, 25 de octubre de 2008

La vuelta al cine

Gracias a un chanchullo que he establecido con las Chicas Guapas que trabajan en el cine de al lado de la bookshop, un Renoir que sólo proyecta peliculones europeos, mi afición de ir al cine ha resucitado. Lo menos llevaba sin ir asiduamente desde Edimburgo, hace dos años ya. La escasez de dinero es así. O el invertir los cuartos en otras cosas es lo que tiene.

Así que vino un día a la librería una Chica Guapa con una camiseta negra que ponía "Renoir" y lo vi claro: "Mira, Chica Guapa, lo mejor será que yo te venda libros a mitad de precio y vosotras me dejéis ver películas gratis". El trueque es bien justo, porque al fin y al cabo yo misma como máximo tengo un descuento del 50%. La Chica Guapa aceptó encantada y ya he ido tres veces al cine. ¡Por fin!

Primero vi la película turca Times and Winds, preciosa. La vida cotidiana en un pueblito turco aislado en lo alto de una montaña. Punto de vista infantil y fotografía espectacular.




Luego vi I've loved you so long, una francesa con la bella entre las bellas encabezando el reparto: Krsitin Scott Thomas. Ella está soberbia (como siempre) tratando de adaptarse a la vida real después de pasar 15 años en la cárcel. Sin embargo, la película en sí me decepcionó. De los franceses espero cualquier cosa, menos convencionalidad. Y esta historia es lineal cien por cien, de libro. Sin hablar de la que hace de hermana de Kristin, que me ponía enferma.




El domingo pasado vi, y fue un error, Gomorrah. Digo error porque ese día andaba yo un poco alicaidilla, motivos personales. Además, Polaca I se marchó a Polonia de imprevisto (estos polacos no hacen mas que comprarse casas en su tierra a base de ganar libras trabajando como burros) y tuve que sustituirla. Trabajar los domingos es un poco muerte, no viene casi nadie y después de la paliza del sábado no tienes muchas ganas de tocar más libros. Bueno, así estaba de bajón y no se me ocurre otra cosa que meterme a ver Gomorrah. Oh la la! Peliculón donde los haya! Duro, real, asfixiante. Si no la habéis visto, what the fuck are you waiting for? Tan sólo la contemplación del bloque de pisos donde se desarrollan varias de las historias merece el precio de la entrada.




PD: Me he cortado el pelo H-A-R-T-O y parezco un chaval ochentero de 12 años. Fatal.

PD: En cuanto llegue a casa llenare todos estos párrafos de tildes y eñes. ¿Que tal ojos? ¿duele mucho verdad?

jueves, 23 de octubre de 2008

Una sorpresa para Book Girl

Ahí estaba yo, en el puesto de libros como cada sábado, un poco tristona porque el Cookie Man que se pone a mi lado estaba enfermo y no había podido venir (¿qué es un sábado sin galletitas?). El Cheese Man que está siempre al otro lado de Cookie Man notó mi angustia y me ofrecía probar quesos, pero yo para eso soy tajante: Thanks, but I don't do cheese. Si es que todo lo que sea más fuerte que el quesito me sabe mal. Si en un restaurante alguien pide pasta a la gorgonzola, me siento lo más alejada posible de esa persona. Si en mi nevera hay Camembert, pongo el grito en el cielo y me quejo de la peste que hace cada vez que alguien abre la nevera. Así soy: intransigente quesil.

Encima hacía frío, y mi mono de cookies iba a más. Estaba aburrida. Y de pronto vi a una belleza en turbante que paseaba entre los distintos puestos:






Mi molesta timidez me impidió hacer nada, pero enseguida le endilgué la misión al nuevo compi de la bookshop, un Chileno:

- Oh my gosh! Zadie Smith is over there! Please please please go and say something!

Y así fue como Chileno interrumpió la compra de vegetales recién traídos de una granja en Suffolk que la increíblemente bella autora de Dientes Blancos, Sobre la belleza y The autograph man trataba de realizar. Le di un libro suyo para que lo firmara (porque la pela es la pela) y Chileno volvió enamorado, hablando de los ojazos de la mujer y de lo cariñosa que era. Ay la mitomanía... qué buena cosa. Además Miss Smith le contó que ella y su marido (¿le odiamos?) acaban de mudarse al barrio, y que sin duda visitará la librería. Al oír esto, el Dueño (que en otra vida debió de ser la Lechera en la que se basó el cuento) se puso a imprimir los flyers que anuncian la celebración de Zadie Smith Night: vino, tapitas y una escritora que aún no sabe que será explotada.

Cuando leí White Teeth (Dientes Blancos) el año pasado me quedé pasmada: que una chiquilla de 22 años pudiera escribir semejante novelón, rebosante de buenísimos diálogos, personajes que parecen de carne y hueso, y trasfondo histórico enlazado con un saber hacer impresionante... ¡¿y yo qué?! Los celos no son siempre malos, a veces ayudan a mejorar.

jueves, 16 de octubre de 2008

¡Lo sabía!

Cierta persona me envió ayer un vídeo del discurso que el fundador de Apple y Pixar dio en alguna graduación de la Universidad de Stanford. Gracias, cierta persona. Creo que ya lo había visto, pero igualmente lo agradezco: me ha hecho muy feliz. Y no porque necesite que alguien que ha llegado a ser "algo" me diga (a mí personalmente no, pero me doy por aludida) que hacer lo que te gusta, o esa bella sensación de seguir a tu corazón, es la única opción coherente en la vida. ¡Lo sabía!

Si supiera hacer eso de pegar hipervínculos, o hipertextos, o whateva se llame, pondría aquí el link del vídeo para que lo viéseis; pero como soy una troglodita de las nuevas tecnologías debo limitarme a hacer publicidad gratuita del Youtube y a resumir aquí y ahora lo que este "alguien" dijo a los universitarios de pro antes de que hicieran la gilipollez o americanada esa de lanzar el birrete por los aires y sentirse dichosos:

Lo que viene a decir es que él no fue a la universidad y mirad lo bien que le ha ido. Que no quiso perder su tiempo con asignaturas bodrios a la par que obligatorias que nada le aportaban, y que optó por apuntarse a clases de diseño caligráfico o algo así. Diez años después nacía el Mac con esos detalles tan preciosos que le diferencian de Windows. Y luego cuenta más cosas de su vida súper emocionante. Una vida marcada por el no venderse ni tener miedo a seguir corazonadas que no tienen pinta de llevarte a ninguna parte, pero que quizás en un futuro sí te sirvan para ser feliz y rico. Al menos, en el peor de los casos, serás feliz. Bla, Bla, Bla.

Y yo... pues bueno: soy feliz. No tengo ni idea de qué hacer con mi vida, ni dónde, ni con quién, pero soy feliz entre libros. En Londres, en Madrid, en Edimburgo o donde haga falta. Nunca tengo un duro y en cuanto logro juntar cuatro perras me las pulo en un Viaje Necesario. Me gusta pensar que TSB (todo saldrá bien) y que en un futuro más o menos próximo abriré mi propia librería-café o seré la nueva Jeanette Winterson. Pero, si no lo consigo, aquí seguiré, en alguna librería recomendando y descubriendo tesoros.


Es un gustazo acordarte de un libro que siempre habías querido leer, ir a la estantería, encontrarlo y llevártelo a casa prestado. Alguien me dijo que si disfruté con Vida y aventuras del soldado Chonkin (Vladimir Voinovich) entonces me lo pasaría pipa con El buen soldado Schweik (Jaroslav Hasek). Di con él enseguida y me estoy descojonando de lo lindo; me voy a Pekín 20 días en noviembre, a casa de una amiga que me ha recomendado empaparme de literatura china antes de ir y ya tengo junto a mi cama La montaña del alma (Gao Xingjian), Cisnes salvajes (Jung Chang) y Black walls (Lu Xinwu). Todavía no he conseguido Viaje al oeste (Las aventuras del rey Mono) porque me ha dicho el Dueño que vendió las dos únicas copias que teníamos a Damon Albarn el año pasado. El mes que viene se estrena en el West End londinense un musical sobre el cuento con libreto de Mr. Albarn.


Termino este atractivo post hablando de Then we came to the end (Joshua Ferris). Lo vi las navidades pasadas en la Fnac como Entonces llegamos al final, pero no le hice mucho caso. Sin embargo, el otro día cayó en mis manos una uncorrected proof copy de ese libro y decidí llevármela a casa. Bueno, menuda joya. Muy poco convencional en la forma de narrar y temática coñazo: el día a día en una oficina. Sin duda es el libro autobiográfico que me habría gustado escribir, pero debo conformarme con mi pequeño blog sobre el Magnate y el Segundo Socio, que también tiene su gracia.

lunes, 13 de octubre de 2008

EuroBrownies

En mi nuevo Hogar somos sopotocientos, a cada cual más europeo (menos una libanesa). Abundan los griegos (3), las alemanas (2) y hay un empate francés-española-libanesa. El caso es que una de las alemanas vive para cocinar. No para la tía. El otro día hizo un chocolate cheesecake para morirse y yo, ilusa de mí, comenté con toda la casualidad que se puede esperar de una chica como yo: a mí me sale un brownie muy rico.

(Inciso para especificar que las únicas comidas "elaboradas" con las que me atrevo son las croquetas, ensaladilla rusa, crema de calabacines y el brownie. Así jamás ligaré...)

Al oír este sencillo comentario mío, la Alemana se sintió cuanto menos provocada y gritó histérica que su brownie sin duda era mejor que el mío. Tiene 30 años y una necesidad agotadora de ser perfecta. Pero es maja; y le encantan los pistachos, como a mí.

Y así fue como terminamos organizando el I EuroBrownie.

La cita fue ayer domingo y voy a ser buena y no aburriros con cómo cocinamos de bien y lo estupendo que es nuestro horno. Sí debo comentar que la Alemana confiaba plenamente en su receta, pero desconocía mis dos ingredientes secretos: chocolate puro Valor (el de toda la vida) y un buen chorrón de Baileys.

¿Qué quién ganó? Pues igualito que la final de la última Eurocopa. ¡Bien, Lucía, bien! La Alemana lo encajó como pudo. Criaturilla.

miércoles, 8 de octubre de 2008

The Celestine Prophecy

Es simple casualidad que durante el descanso para comer de hoy (una pasta con atun divina que prepare ayer noche tras llegar del pub), mientras leia la Carta con Respuesta de Rafael Reig en Publico.es (hablaba sobre toros y fuagras), me entraran unas ganas inmensas de devorar el pate la Piara que el otro dia compre en el Garcia's de Portobello, y justo entra Polaca II en la habitacioncilla trasera (donde comemos, vagueamos y lo que haga falta), comenta el buen olor que desprende mi comida y me ofrece a continuacion un poco de la suya: tostadas con pate polaco??????

Desde que un compi en Cou me regalara por el Dia del Libro Las Nueve Revelaciones (James Redfield), mi manera de enfrentarme a las casualidades es otra. No me pasan desapercibidas sin mas, sino que me pregunto si tendran un mensaje oculto tipo "Polaca II y yo seremos amigotas para siempre" o, mas rebuscado aun, "deberia irme a Nueva Zelanda a trabajar en una granja de ocas"...

PD: no hay acentos ni interrogaciones bien puestas porque estoy en el curro y estos teclados son britanicos.

lunes, 6 de octubre de 2008

Rude Tuesdays

En ocasiones hasta el mejor trabajo del mundo se te hace cuesta arriba. Menos mal que la culpa (en este caso) es de los clientes.

El Dueño, con todo mi apoyo, ha establecido los martes como el Día Maleducado (Rude Tuesdays), tanto para clientes como para empleados. ¿Qué por qué? Pues porque el martes pasado la clientela se sobró bastante; tanto, que recibí una defensa multitudinaria hasta de los propios compradores cuando no pude más y, haciendo gala de una profesionalidad brutal, se me escapó un sentido “Fuck off”.

Anécdotas que sustentan esta nueva etapa en la librería:

1. Un Subnormal (hombre, británico, 60 años apróx.) llega al mostrador con un Penguin Classic naranja que ya debía estar amarillento cuando Massiel ganó Eurovisión. Nuestros precios están siempre en la primera hoja, a lápiz en el margen superior derecho. Eran tres libras. Y el Subnormal va y repara en el precio que aparece en la contraportada: 25 peniques. Es cierto que el cliente siempre tiene la razón, pero también es cierto que la segunda mano británica tiene sus propias leyes (verídico) y para ello tenemos multitud de carteles estratégicamente colocados que explican nuestro sistema de precios. El Subnormal, apurado por no poder salirse con la suya, muy indignado espetó a Polaca II que no estaba dispuesto a pagar tres libras por ese libro, a lo que mi compi del norte le contestó, con harta gracia y acierto, que estaba en pleno derecho de no querer pagar tres libras, y que nadie le obligaba a ello. Al final el Subnormal tiró con desprecio las tres monedas sobre el mostrador y se marchó con el libro de la discordia.

2. Poco después llega una Gilipollas (mujer, Europa del Este, 25 años apróx.) con un libraco muy tocho de Economía que había comprado en nuestra tienda en mayo, nueve libras. Aseguraba que no lo había leído y que por tanto quería el reembolso íntegro. Por supuesto no tenía el recibo. Nuestra política en estos casos es la siguiente: independientemente de si la persona ha hecho uso o no del libro, siempre que haya pasado más de un mes desde la compra (si es menos se devuelve todo), y siempre que tengan el recibo, pagamos hasta la mitad de lo que costó el libro, o pueden cambiarlo por otro de igual o menor precio. Pero la Gilipollas quería sus nueve libras de vuelta, porque sí. Para convencer al Dueño de que tenía derecho a ello, ponía el acertado ejemplo de comprar un jersey en el H&M, darse cuenta de que no lo quiere y devolverlo. No hacía más que obviar el hecho de que no tenía recibo, junto con el de haber efectuado la compra en mayo (como ella misma bien se empeñaba en repetir). La pobre debía de ser Gilipollas de verdad y no comprendía que no cediésemos. Entonces traté de hacerle entrar en razón con una intervención digna de Oscar: A ver, mujer, si tú compras un coche nuevo, desde que sales del concesionario su valor se reduce automáticamente a menos de la mitad. Ya es segunda mano y no podrías venderlo por el mismo precio que lo compraste. Pero la tía repetía una y otra vez el ejemplo absurdo del jersey del H&M. El Dueño trataba en vano de explicarle cómo si le pagara las nueve libras la librería no haría ningún negocio, puesto que el precio de los libros incluyen gastos extrínsecos como facturas, sueldos, alquiler del local… Y hasta hizo la bromilla de preguntarme si estaba dispuesta a trabajar dos horas gratis para compensar el dinero que perdería haciendo lo que la Gilipollas le pedía. Me negué claro está. Para no alargar la historieta más, al final la Gilipollas se fue muy digna abrazando su libraco y amenazando con venderlo ella solita por Internet, como mínimo por treinta libras.

3. Al rato un GG (gordo y grosero) húngaro-canadiense y su mujer francesa súper maja entran preguntando por la sección de Shakespeare y, una vez mostrada, el GG me pide que le evidencie el baño, a lo que respondo implacable que no tenemos baño para clientes. El GG se irrita sobremanera y empieza a gritarme que menuda cosa tan insensible de decir, y que si de verdad le voy a hacer salir de la librería sabiendo como sabe ahora que hay un baño muy cerca que no le está permitido usar. Le repito que no disponemos de servicio público. Le indico cómo llegar al Starsucks y al volver me mira con cara de odio infinito y me repite que soy una persona horrible. En ese momento doy media vuelta y para mí ese ser ya no existe. Luego viene al mostrador con varios libros y me pregunta si se los podría reservar hasta nuevo aviso. Yo ni siquiera hice amago de mirarle, pero Polaca II estaba a mi lado y le hizo esa pregunta tan grosera con la que encolerizamos a diario a nuestros clientes: ¿Hasta cuándo? El GG, con la tosquedad que ya sospechábamos, le contesta “Si te parece hasta marzo, ¡pues una hora coño!”. Y se marchó. Y Polaca II, aún con la pila de libros en las manos, me miró asustada, sin saber cómo descargar toda esa ira que vivía en su interior. “Si yo fuera tú, separaría las manos y observaría dónde la gravedad considera que deben caer los libros” le recomendé con amor. A la hora volvió el GG y ni mi compi ni yo parecimos advertir su presencia. Se quejó y pataleó hasta que el Dueño en persona recogió los libros del suelo y le cobró.

Menuda gentuza. Por no hablar de la gente que se tira pedos (sonoros y sordos). En fin,

yo a lo mío.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Reposar es bueno

Mi cuerpo ha tardado un ratito, pero por fin logró vencer a la mente y hace tres días gritó con todas sus fuerzas: ¡¡Me toca ya!! Vamos, que estoy enferma. Y la última vez que estuve resfriada no la recuerdo, pero fue hace más de tres años seguro. Supongo que tras tanto cambio y tanto estrés (sumado a los catarrazos de ambas Polacas, que así las apuñalen por la espalda y se desangren hasta morir, que ellas cumplen con su trabajo sí o sí) mi pequeño cuerpo no ha podido resistir la tentación de pasar dos días tumbado, bien arropadito e ingiriendo cada hora varios tés de limón, jengibre y miel.

Eso sí, mi mente la pobre se ha aburrido cual heavy-metalero en un concierto de Dolly Parton: aburrida y exasperada. Porque ya estoy instalada en mi nueva casa, pero el ordenador y los libros siguen en la antigua. Menos mal que una es previsora y el otro día en la librería, después de que Polaca II estornudara en mi cara sin taparse la boca, cogí prestados un par de libros.

El primero fue un bodrio divertido sobre la experiencia hindú de varios jovenzuelos británicos: Are you experienced? (William Sutcliffe). El autor desde luego no aspiraba a escribir un nuevo En busca de tiempo perdido, y ni falta que le hace. Porque era un bodrio, sí, pero ameno. Concedo que en el estado de sopor y aburrimiento en el que me encontraba quizás hubiera encontrado ameno hasta un folleto sobre cómo combatir la osteoporosis.

Los protagonistas tienen todos entre 18 y 20 años, y son inglesitos que se van de viaje a India para encontrarse a sí mismos y paridas semejantes. Uno lleva más de un año viajando por el país y va de hippy molón pero cada poco recibe un cheque bien cargadito de sus papis. Otro va descalzo por la vida desde hace ni se sabe cuánto y fuma porros sin parar utilizando un cono naranja. Y así todos: una historieta tonta.

¡Pero!, y este pero es bien importante, no me pasaron desapercibidos ciertos detalles del argumento que hacen que este cuento jamás pudiera haber sucedido con protagonistas españoles. Porque los personajes acaban de terminar el cole y, en lugar de ir como borregos directos a la universidad, se pasan el año siguiente (o años) viajando por el mundo, trabajando o ambas cosas a la vez. Y no sólo eso: nada más terminar el colegio/instituto la prioridad absoluta no es la Selectividad, sino marcharse de casa de los padres (si es que no se han ido ya) y encontrar un piso de alquiler con amigos, conocidos o desconocidos.

Quiero dejar muy claro que me encantan muchas cosas de España, no sólo la paella y las croquetas. Soy española, me siento española y creo que España es cojonuda para mil cosas. También creo que el lugar perfecto no existe, pero es que me parece que ciertas españoladas claman al cielo de una manera tal que, de momento, me han hecho buscarme la vida en otro lugar. A saber:

- El mito real de vivir con tus padres hasta los cuarenta. Es cierto, y lo he vivido en mis propias carnes, que el tema Irse-De Casa en España no está nada fácil, puesto que poquita gente alquila y los que lo hacen piden cantidades descomunales entre el depósito y los catorce años de aval. Pero también hay mucho comodón que prefiere que le planchen y le cocinen, y a los 27 aún se cree sus propias excusas de "ya, es que yo no sabría ni freírme un huevo..." ¡pues aprendes coño!

- El ya mencionado cuasi-inexistente y complicadísimo mercado de alquiler español, junto con la idea generalizada de que alquiler es perder dinero y la única posibilidad coherente es meterte en una hipoteca a 60 años totalmente desorbitada y cuya relación calidad-precio (pisos pequeños, o pasados Parla) a mí me resulta bastante incoherente.

- La jornada laboral típica española: de 9 a 7, con dos horas absurdas para comer y la mayoría de las veces como se te caiga el boli a las 7 serás mirado con desprecio. Lo normal es dar lo máximo hasta las tantas. Admiro de verdad a las sociedades en las que trabajar más allá de la hora no está bien visto, no es serio y denota que no has sido capaz de hacer tu trabajo en las ocho horacas que has tenido.

- Los sueldos irrisorios. Los becarios de cincuenta años.

Todo esto es posible porque es una rueda: si te quedas en casa de tus padres hasta los treinta entonces puedes ser becario hasta los treinta. No dudo que el quid de esta cuestión tan problemática esté en las altas esferas nacionales, los que mueven las cuerdas de todo el tinglado y deciden cómo funciona todo, pero creo que la sociedad conformista y poco seria que muchas veces es España tiene también harta culpa.

He dicho.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Ferias Varias

Skoob Books no es una librería al uso. Te lo dice una que sabe. Remontémonos...

... Nada más terminar la carrera, Comunicación Audiovisual (o Pinto y Coloreo), me marché a Edimburgo y allí entré en contacto por primera vez con el mundo de las librerías.

Trabajé en Armchair Books dos años maravillosos en los que aprendí a manejarme entre libros, además de conocer a muy buena gente, amigos que siempre lo serán.

Desde entonces he trabajado en otras tres librerías más, Skoob y dos mega inmensas que vendían libros como quien vende ruedas o batidoras (Borders y Fnac): precios insultantes, administración explotadora y público tirando a cateto. Se salvaban, y no siempre, los compis.

Elegí venir a Londres, entre otros motivos, porque es el Lugar al que has de ir si quieres dedicarte a las librerías de segunda mano. Hace varios años tuve clarísimo que lo que de verdad quería hacer era abrir una librería-café en Menorca, y hasta me planté en la isla dispuesta a inspeccionar el terreno. Es una pena que en España TODO tenga que ser de primera mano, como si las cosas (ropa, libros, discos...) usadas contagiaran que sé yo.

Pero a lo que iba: jamás conocí mejor librería de segunda mano que Skoob. Es tan organizada como cualquier macro librería, pero con un carácter que las otras ya quisieran para sí. Y el volumen de negocio no es irrisorio, ni muchísimo menos. Ya he comentado que el Dueño NO PARA, y eso se traduce en cientos de libros nuevos (y muy baratos) cada semana, exposiciones de arte en las paredes y, sobre todo, ferias y más ferias.


(Aquí estamos la Polaca I y Yo con mi amigo Guille, poseedor de la cámara de fotos. Los animales son palomas asquerosas, no pollos)

Cada sábado ponemos un puesto de libros en el patio de un centro comercial al aire libre. La celebración en sí se llama Saturday Farmer's Market y todos los demás puestos, salvo nosotros, son culinarios: helados, pasta y pesto italianos; quesos, champán y crepes franceses; comida caribeña, nigeriana, maltesa, española; frutos secos y chocolates del mundo; panadería y dulces polacos; cookies americanas... Nunca he estado en la ONU, pero debe ser parecido. Huelga decir que cada semana somos los mismos caretos, y desde hace tiempo me alimento de manera semi gratuita.

Otra feria se celebra el tercer domingo de cada mes en un hotel muy pijo: Antiquarian Book Fair. Para la ocasión vienen a Londres anticuarios de todo el Reino Unido y el ambiente es viejuno (huele a rancio, a sopa) pero me encanta.

Anécdota del domingo pasado:

No sólo tocaba una feria anticuaria sino que hubo dos, a cada cual más exclusiva. El Dueño, las dos Polacas, el Músico y yo nos turnamos de aquí para allá durante diez amenas horas, de una feria a otra y luego a la tienda, que abre cada día.

En un momento dado me fue encargada la Misión de transportar un libro harto valioso a la feria más pudiente, y allá que me fui.

Por el camino (unos escasos 200 metros) me imaginaba lo estupendo que sería atreverse a actuar como un personaje de Paul Auster, dejarlo todo y a todos y huir con ese libro que tenía entre mis manos y cuyo valor monetario superaba las mil doscientas libras (era un primera edición de Las Mil y Una Noches encuadernada en oro y con ilustraciones de un tipo muy importante). Pero, ¿huir dónde, si mil libras se te van en vivir sin florituras un mes?

Cuánta razón tenía Mark Twain al decir aquello de que la realidad es, por supuesto, muchísimo más compleja que la ficción, puesto que la ficción debe tener sentido.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Celebritites in London IV

Buenas,

Retomo el blog tras este prolongado paréntesis que para nada se ha debido a unas merecidas vacaciones estivales, sino más bien al giro de 180 grados que cierta vida (la mía) ha sufrido en el último mes. Lo único que se mantiene como estaba es mi curro en la librería de mis sueños.

Precisamente ayer pedaleaba a casa (una temporal) después de trabajar y ¡paf! ¿A quién me encuentro más estirado que un pollo parando un taxi con un paraguas en Paddington?

A Alan Rickman.

Siempre me ha parecido un actorazo, desde su papelón que da una anguña más que palpable como el malo de Robin Hood, el príncipe de los ladrones, hasta su enternecedora caracterización del sufrido Coronel Brandon en Sentido y Sensibilidad.

Hablando de esa película, también ayer encontré en la librería un manuscrito de mi querida Emma Thompson con el guión de Sense & Sensibility más el diario y diversas impresiones que mi actriz favorita recopiló durante el rodaje de la peli. Así me he enterado de anécdotas que me hacen amarla mucho más, como cuando se quedó de piedra al enterarse, vía telefónica, del accidente a caballo de Christopher Reeve (trabajaron juntos en Lo que queda del día); o cuando confiesa que más de una mañana se levantó con un resacón que ni un batido de antalgines podría haber hecho desaparecer. Me encanta esta mujer.

Cambiando de tema, todavía no he presentado ni descrito a mis compañeros de faena. Allá voy:

El Jefe o Dueño de la librería es un británico de 53 años que NUNCA desconecta. Cuando no está poniendo precio a unos libros está en casa de alguien que acaba de morirse escogiendo qué parte de su biblioteca le interesa, o si no está en Oxford, donde tenemos la tienda online y donde se guardan los libros más valiosos. Cuentan los compis que desde que compró el negocio, hace más de cinco años, sólo se ha ido cuatro días a su casa de Torremolinos, y porque (contra su voluntad) le compraron un billete de avión y le llevaron al aeropuerto diciéndole que iban a inspeccionar la biblioteca de algún muerto reciente.

Una especie de Supervisor que no quiere serlo, también británico de unos 50 años máximo, que trabaja una semana en Londres y otra en Oxford. Es tímido hasta decir basta, pero domina como nadie, sobre todo en materia de arte. Lleva trabajando para Skoob Books desde que la primera tienda abrió en Covent Garden en 1979, así que ha conocido todas y cada una de las etapas y localizaciones de esta librería tan emblemática.

Dos Polacas, ambas llamada Ania, que son un poco agobio porque no paran ni un segundo, y encima pretenden que los demás sigamos su ejemplo, a mi entender erróneo. La Polaca I tiene 28 años y es una control freak para todo. Ahora le ha dado por atiborrarse de libros de psicología y trata de psicoanalizarnos a todos. Es divertido. La Polaca II nació justo un día después que yo (es decir, pronto cumplirá 27 años) y está saliendo con el Dueño. Yo no puedo comprenderlo. Se llaman Honey, Baby y similares, y yo no sé qué habrá visto el uno en la otra y vicebestia.

Un Lituano de 25 años que trabaja exclusivamente en el sótano de la librería, donde tenemos un almacén enorme (pero más pequeño que el de Oxford). Es muy majete, a pesar de que NO…PARA…DE…HABLAR. Pero no es como aquel Segundo Socio de mi último trabajo en Madrid (menudo infierno), sino que habla de temas muy interesantes y en ocasiones harto desconocidos para mí: Rusia, Putin, Lituania, los países Bálticos, Bielorrusia… Tiene la cabeza muy bien puesta y es el culpable de que haya vuelto a engancharme a Lost/Perdidos, pues se pasa las horas en internet haciendo yo que sé qué y se sabe todos los trucos para encontrar todo tipo de ofertas y para ver películas y series gratis.

Una Irlandesa de 24 años que se marcha ya de ya a las afueras de Shangai a enseñar inglés durante un año. Sin duda es mi gran compi del curro y es una verdadera pena que se marche. Está terminando Antropología y su tesis de fin de carrera trata sobre la anorexia. Cuenta unas cosas espantosas.

Otro británico de unos 40 años que sólo trabaja los fines de semana. En realidad es Músico y tiene una banda con un nombre genial: Cindy Talks. Me encanta coincidir con él porque no es un adicto al trabajo y juntos vagueamos tranquilamente, apoyándonos el uno al otro.

En Oxford trabajan tres Gordas inmensas (dos británicas y una americana) y una Rusa. De momento sólo he ido una vez, así que no puedo contar mucho sobre ellas.


Ahora imaginaros a toda esta gente aquí dentro:

martes, 2 de septiembre de 2008

Aceptarse o desear un tsunami

Es quince de agosto y en Londres llueve. Mi novia y yo hemos roto y ese árbol que se ve por la ventana fue plantado antes de que yo naciera. En invierno una urraca vive entre sus ramas y yo no creo que me quede en esta ciudad más que unos meses más. Cumplo veintisiete años en noviembre.

Con todas tus fuerzas quieres que tu relación funcione. Con todas sus fuerzas un señor quiere que su cáncer de próstata no sea mortal.

Lo bueno se acaba y lo bueno vuelve, hasta que te mueres. Si morirse es bueno o malo para el muerto nunca lo sabremos.

Ganar un partido. Ganar la quiniela, las elecciones o un concurso de relato breve. Perder al dominó, perder la guerra o el jersey favorito. Yo he ganado partidos y perdido jerséis.

El cielo está encapotado y el señor Klisteroy no va a venir porque no existe y esto es sólo es un cuaderno.

Oriente y Occidente, norte y sur, chicos y chicas, liberales y conservadores. El otro día vi una ardilla aplastada en el asfalto.

Oyes un ruido y esperas que sea tu ex. Pero es el vecino y te sientes gilipollas por lo contenta que te has puesto para nada.

Me compré unas zapatillas rojas porque estaban de oferta. Mi madre me compró unas marrones que eran más baratas todavía. Mi abuelo podría morirse muy pronto y yo sólo pienso en cortarme el pelo y teñirlo de blanco, como Annie Lennox.

El papel se acaba y cabe otra historia: un compañero de la librería está muy seguro de que en menos de cincuenta años alguna causa natural o pandémica hará que la sociedad occidental olvide sus proyectos globalizadores y pro-desarrollo para volver al tribalismo más tradicional.

Repetir la palabra "macarrón" tres veces en un mismo párrafo no suele quedar muy bien. Repetir "más" suele pasar más desapercibida, pero yo me doy cuenta y anoto mentalmente (otra vez) que un diccionario de sinónimos es más necesario que un viaje a China por mi cumpleaños. Por suerte ambas necesidades no son excluyentes.

Un corazón roto no dura para siempre. Ni siquiera una auto estima por los suelos dura para siempre. Sólo hay una cosa que dura para siempre, aunque yo creo que siempre me gustará escuchar Dancing Queen o comer obleas. Montaigne dice que una persona sólo puede contestar a la pregunta de si ha tenido una vida feliz en el momento de su muerte. Hasta entonces todo puede ocurrir.

Compras carne una vez cada dos semanas porque no te llega. No es divertido. Una conocida trabaja para un banco muy famoso vendiendo lingotes de oro a quien se deje. Tampoco es divertido. El otro día le dieron un bonus de cien mil libras. La única cosa que hasta ahora no me entraba en la cabeza era la genética. En el colegio nos ponían ejercicios y yo no acertaba ni una. Solía contestar "albino de ojos marrones", era mi manera de dar a entender que no quería perder mi tiempo ni el de nadie.

Mi familia no lleva bien mi homosexualidad. Yo no llevo bien su homofobia. Muchos españoles no se dan cuenta de que su manera de hacer turismo es muy parecida a la de los japoneses.

Me gustan Woody Allen, Daniil Kharms y Gorky. Me gusta Orwell y me gusta Voinovich. Me gustan los Monty Phyton, French & Saunders, Martes y Trece y Leslie Nielsen. Me gusta bailar, comer, el fútbol y Martha Wainwright. Soy simpática, tímida, imaginativa y una vez contemplé seriamente la idea de tirarme por la ventana. No quería morirme, sino llamar la atención para no ser yo la única que dijera cosas bonitas sobre mí.

Tengo miedo a la muerte y al que dirán. No estoy en contra del individualismo, pero para mí la felicidad es estar tranquila.

Un coche tiene la chapa pintada de rosa. Las campanas repican y los autobuses tienen prioridad sobre los demás transportes. No es seguro que ir a ayudar a Afganistán o recoger cocos en Nueva Zelanda vayan a hacerte más feliz. El que huye, huye con todo. La clave es aceptarse.

No me he dado cuenta de agosto.

lunes, 11 de agosto de 2008

Solzhenitsyn

Mi lamentable acceso a Internet me impide relatar ciertas anécdotas a su debido tiempo. El lunes pasado… Situación:

Mi bookshop preciosa a las 11 de la mañana, hora británica. Llama el Dueño un tanto histérico:

¿Te has enterado? ¡Se ha muerto Solzhenitsyn!
¿Cuándo?
¡Ayer! ¡Hay que redecorar la ventana, rápido!

Redecorar la ventana significa hacer uso de mis amplios conocimientos y aptitudes para el escaparatismo sugerente que aprendí en la bookshop de Edimburgo.

Corrí a las secciones de Ficción, Rusia, Biografías, Poesía y Crítica Literaria, me hice con unos quince libros escritos por o sobre Solzhenitsyn y los dispuse con harta gracia en el ventanal junto a la puerta de entrada de la tienda (para que los transeúntes se quedaran pasmados, dejaran todo lo que estuvieran haciendo y decidieran gastarse el sueldo en libros buenos, bonitos y baratos). Luego me hice un té y me puse a indagar sobre el muerto, de quien sólo había leído Un día en la vida de Iván Denisovich: se lee de una sentada y describe, sin remilgos ni concesiones, un día cualquiera en un campo de trabajo siberiano.

También sabía que el autor era anti-estalinista a muerte, y que otro escritor ruso del que hablé hace muy poco, Vladimir Voinovich, es fan fanático y defensor suyo contra viento y marea. De hecho lo que defiende es la libertad de expresión, y, al sostener que Solzhenitsyn no debió de ser exiliado por escribir lo que diera gana, acabó teniendo que exiliarse él también.

Un par de entradas atrás escribí sobre las aventuras del soldado Chonkin, y la semana pasada me leí otro libro de Voinovich, Moscú 2042: son las aventuras ficticias del propio autor, exiliado en la vida real en Munich, en Moscú tras un viaje sesenta años al futuro. Es la risa. Arremete contra comunistas (los depredadores), capitalistas (los pluralistas, que venden un mundo en el que “se supone” que todos somos libres y podemos elegir qué, cuándo, cómo, dónde y por qué. Se les olvida admitir que todo esto es teórico, y que sólo es aplicable a un porcentaje ínfimo de occidente), poscomunistas… en un intento de predecir el futuro de la URSS (fue escrito en 1986, antes de la Perestroika de Gorbachov). Hay tropecientos personajes impagables, como la figura del Genialíssimo (una simbiosis entre General y Genial), los lameculos de turno, y un escritor ruso que, contra su voluntad, fue exiliado en Canadá y que sueña con reinstaurar la monarquía zarista de la Gran Rusia, por supuesto siendo él el próximo zar.

Leyendo en Internet datos, objetivos y subjetivos, sobre Solzhenitsyn, he caído en la cuenta de que este último personaje de Voinovich tiene toda la pinta de estar basado en él. En distintas páginas web le acusan de fascista y capullo en general. Me he sorprendido la verdad: ¡qué poco sé de tantas cosas!

Cuentan que en 1976 visitó España y dijo, tan pachi, que los españoles no sabían lo que era una dictadura. Y que hubo una caricatura muy famosa por aquellos días en la que Solzhenitsyn era elegido Español del Año por Fuerza Nueva…

lunes, 28 de julio de 2008

De Conciertos-Picnic y Celebrities in London III


El concepto de Concierto-Picnic es bello como jamás ningún otro lo fue.

Londres tiene parques a patadas, pero si me apuntaran con un dardo y me obligaran a elegir uno, no dudaría en gritar: ¡Hamsptead Heath! Es cierto que en Richmond hay ciervos sueltos, y que tanto Regents como Holland como Hyde Park están en pleno centro central, pero en Hampstead Heath la naturaleza se presenta a los sentidos en estado casi puro, hay dos laguitos (femenino y masculino – chorradas) para bañarse cual Interlaken (Suiza) y además están los conciertos de verano de Kenwood House. Cada sábado un conciertazo.







Hace algunos sábados se celebró el Orgullo londinense (nada que ver con el de Madrid, oye, pero mejor que el de Barcelona, aunque eso no es muy difícil…) y allí que fuimos con el grupete de Stonewall, la charity que vela por los derechos de la comunidad gay y cuyo máximo abanderado es Sir Ian McKellen, Gandalf para los hobbits.

Eso fue por la mañana-tarde, y por la noche conducimos nuestros cuerpazos al concierto-picnic de Rufus Wainwright en Kenwood House. Era la tercera vez que le veíamos, porque una fan es una fan.


Nunca sabremos qué parte de Concierto-Picnic no comprendimos, pero creo que fue la de Picnic. La gente acudía con cestas de mimbre rebosantes de comida rica, manteles de cuadros, vino, sudaderas; y nosotras, tan desastres como siempre, no teníamos ni entrada. Por suerte es difícil quedarse en la puerta, pues el parque es inmenso y el sistema de audio es lo más. Otros de los invitados este verano son Brian Wilson, Diana Krall o Van Morrison. Nivelón.


De modo que así estuvimos, sin picnic y pasando frío, pero la idea de estar en el parque con tus compis haciendo botellón mientras tu cantante preferido no suena por una radio de domingueros sino en directo, me ha cautivado para siempre.


El concierto me permitió además aumentar mi pequeña lista de Celebrities in London, porque entre el público se paseaba, parque arriba y parque abajo, la mismísima Helena Bonham-Carter, actriz que no me cae precisamente simpática y que en la vida real también parece una bruja rara, aunque daba gracia.

viernes, 25 de julio de 2008

Literatura rusa




Desde hace tiempo me dedico a hacer listas de los libros que me leo a lo largo de un año. Hasta el momento 2007 fue mi año más fructífero: 26 libros, en su mayoría novelas de ficción. ¿El que más me gustó?: empate entre White teeth (Zadie Smith), Keep the aspidistra flying (Orwell) y Estupor y temblores (Amélie Nothomb). ¿El que menos?: Pedro Páramo (Juan Rulfo), que por muy clásico y obra maestra que sea no lo gocé como es debido, y nunca he vuelto a pensar en él. Así lo entiendo yo: si tras un leer un libro no vuelves a pensar en él jamás, mal. A veces ocurre que lees un libro que no te ha gustado, pero de vez en cuando te acuerdas de él, y piensas entonces que sí te gustó un poquito, o que quizás no lo leíste en el momento oportuno.

2005 también fue un buen año: 24 libros, aunque hubo más de siete que no me gustaron. Y es que en 2005 mi abuelo aún no había cogido papel y lápiz para demostrarme cómo, a lo largo de toda una vida, una persona como mucho podría leer 7280 libros; y esta conclusión numérica implica dos libros a la semana durante setenta años. Este dato me resultó lo que viene a ser abrumador, y desde entonces no me siento mal si dejo un libro a medias porque me está resultando soporífero.

Este año voy fatal. Desde enero sólo he leído 11 libros. Las causas son varias:

- moverme sin parar y sin sentido de un país a otro, normalmente en compañías de avión de bajo coste o low cost que sólo permiten equipajes de 15kg (bajo pena de 25 euros el kilo extra). A la hora de empaquetar, mi vestuario, que no varía desde hace algunas temporadas, le suele ganar la partida a los libros.

- el estudio discontinuo de Filología Hispánica, que me obliga a saturar mis neuronas de poemas de amor cortés en castellano medieval. No sé si conseguiré ser filóloga, total, ¿por un papel?

- falta de tiempo y/o tranquilidad

- otras cosas (como diría mi amigo Iván Parlorio)


La buena noticia es que una semana de vacaciones en Suecia ha ayudado a equilibrar un poco esta situación que, a puntito de entrar en el octavo mes del año, sentía lejos de controlar. En estos días de gozo y relajación he leído The life and adventures of private Ivan Chonkin, de Vladimir Voinovich. En España fue publicado hace relativamente poco por Libros del Asteroide como Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin. No sé qué tal estará la traducción castellana, pero con la inglesa he disfrutado como una enana.

El estilo y tono del libro son muy similares a los de Tom Sharpe: personajes estrambóticos en situaciones cada vez más enrevesadas, harto fáciles de imaginar como si de una película-cruce entre Woody Allen y Leslie Nielsen se tratase. Ahora, siempre que he leído a Sharpe me lo he pasado bien, muy bien, pero ya está. La historia de Voinovich es tan divertida como las de Sharpe, pero además rezuman ironía y sarcasmo la mires por donde la mires. Supongo que si fuera británica entendería el humor de Sharpe desde la perspectiva de haber mamado de siempre la cultura británica. Pero tampoco soy rusa y las aventuras de Chonkin me parecen inmejorables.

Como siempre, son los pequeños detalles los que me han cautivado. El autor debió es el típico ser humano-esponja capaz de absorber todo aquello que ocurre a su alrededor y plasmarlo por escrito de una manera tronchante que combina naturalidad y absurdo. Las penurias del buenazo de Chonkin en el Ejército Rojo, la administración soviética (purgas incluidas), la ruptura del pacto de no agresión germano-soviético, Stalin, ese tipo del acento tan raro… No puedo con Voinovich, ¡que me lo quiten!

Y hablando de rusos, mi vida es otra desde que hace poco me topé por casualidad con un libro de un tal Daniel Kharms. Ejemplo:

Cierta anciana, por ser demasiado curiosa, se cayó en picado desde una ventana, se estampó contra el suelo y se rompió en mil pedazos.
Otra anciana se asomó por la ventana y empezó a mirar los restos de la primera, pero también, por ser demasiado curiosa, se cayó en picado por la ventana, se estampó contra el suelo y se rompió en mil pedazos.
Entonces una tercera anciana se cayo en picado, y luego una cuarta y después una quinta.
Para cuando se cayo la sexta, estaba aburrido de mirarlas y me dirigí al Mercado Maltseviskiy donde, según decían, habían entregado un chal de punto a un hombre ciego.

Jamás leí nada mejor. La traducción es mía, del inglés. La traducción de la traducción...