miércoles, 27 de mayo de 2009

Cartas a Ro

Queridos Lectores,

Recomiendo sin parar Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino. Por si no había quedado lo suficientemente claro.

Mi lectura de El lobo estepario va lenta. Este año voy fatal. Tampoco escribo casi ya, por lo que me estoy obligando a ponerme delante del papel en blanco y ver qué sucede. ¡Basta de anorexia literaria Lu!

Si hay algo que me sale solo y además me encanta es escribir sobre mi amiga Ro, musa absoluta donde las haya. Es por ello que he comenzado un nuevo proyecto literario, Cartas a Ro, que usaré como comodín cada vez que no tenga ni la más remota idea de qué nueva entrada bloguera hacer, es decir, cuando no tenga nada que decir (quite often, mind you).

Que empiece el chou:


Dear Ro,

Lo más grave que podría ocurrirte si te entrara una alergia espontánea al jamón de York es que los párpados se te desprendan y no puedas jugar al mus nunca mais, y eso es así.

Es por ello, queridísima amiga, que en base a la foto que me enviaste el otro día (sin yo pedírtelo, las cosas como son), me aventuro a corroborar tus sospechas: no por mucho madrugar amanece más temprano. De hecho, si te levantas pasadas las dos de la tarde mejor que mejor, pues casi con total seguridad no te perderás tu propio amanecer. Te confirmo también que sólo dos veces en mi vida he oído hablar sobre dos fulanos que al despertarse no sólo no dejaron de estar dormidos sino que, para mayor inri y regocijo del personal, pidieron tostadas. Como ves no vas a ser la única chalada del cementerio, si acaso una más de tantos. Y sí, una ardilla te otorgará la extremaunción. Se llama Clapit, te va a encantar.

Con respecto a lo de trabajar empaquetando salchichas… ¿qué puedo decirte que no sepas tú ya?... ¡adelante mujer! Bien sabes que aún a día de hoy recuerdo con amor galopante aquel fin de semana que pasé probando mermeladas caducadas. Este tipo de currillos esporádicos que nos gusta hacer por odio al arte (y a Aerosmith) se verán sin duda recompensados cuando nos llegue la bendita hora de traspasar las puertas del Más Allá. No me cansaré de repetirte que casi seguro la vida es factible fuera de los confines de tu cocina. Algún día te darás cuenta y nos reiremos de estas ansiedades tuyas – totalmente respetables aunque de escasa envergadura racional – al son de unos buenos ritmos caribeños, mojito en mano y, si hay que bailar la conga en chanclas, pues oye: se baila y punto.

Siempre tuya,

Lu


Londres a 6 de mayo de 2009

domingo, 17 de mayo de 2009

Back in Madrid

Tu amiga te dijo: salgo de cuentas el 14 de mayo. Y directa a Easyjeta que te fuiste (al final fue Ryanair). Del 14 al 21 de mayo, además pillas San Isidro, con las consecuentes fiestas de las Vistillas.

JUEVES: Vistillas y las buenas amistades. Habías olvidado lo que es dar lo máximo de esa manera. Lo que es un buen ron con cocacola. Lo que es no poder parar de reír.

VIERNES: a Toledo para ver al recién nacido. Amago de secuestrarle. ¡Quieres uno igual! ¡Ya! Tu amiga lleva sin dormir cinco días, y aún así rechaza tu oferta maravillosa. Te quedas sin bebé ajeno en Londres. Pasas la noche tiritando. ¿Cómo vas a estar poniéndote enferma, con lo que brilla y calienta el sol de Madrid?

SÁBADO: nunca antes habías usado el Skype tanto tiempo. Casi una hora de conversación Madrid – Strasbourg para no llegar a ninguna conclusión resolutiva. El Eurostar, carísimo. Segunda opción: de Londres a Basilea en avión y de allí autobús a un pueblito llamado San Luis y luego otro a Estrasburgo… bufff. Te hacía ilusión lo del túnel Londres - París. Pero a tu hermano le visitas sí o sí.

Tarde noche en La Latina. Llevas estornudando todo el día, y tu enfermedad va a más. Una amiga lleva dos días cancelando a una amiga suya: "me voy por la pata abajo" le ha dicho. Viene su amiga y termináis en los mismos bares que el jueves. Metéis la pata una tras otra, la pobre amiga con cara de póker. Te llaman otras amigas y acudes a una fiesta de bolleras modernas en Chueca. Te encuentras fatal no, lo siguiente. De La Latina a Chueca hay cuatro paradas. Todavía a día de hoy, cuando el metro se para en Chueca es muy normal escuchar comentarios tipo "venga, bájate aquí si te atreves". Esta vez eran unos puretas de unos 30 años que seguramente salen por Alonso Martínez. No digo más ná.

La fiesta petada. Un humo insoportable. Una DJ que según tus amigas es lo más, pero notas que tu estado febril no es broma. Además, un plasta no hace más que pasar y chillarte "¡Sorayaaaaa! ¡Que Israel tampoco te ha votado!". Este año no has visto Eurovisión.


Soraya: medio Londres y yo tenemos "su" pelo al parecer

Caminas al coche, aparcado en tu antiguo barrio de Conde Duque. Recuerdos. Jamás de los jamases cantas en público, pero sola en el coche te desgañitas que da gusto. Te metes en la cama a sudar.

DOMINGO: tu plan de irte a Valencia hasta el lunes por la noche abortado. Con lo que te apetecía ir a la playa, ver a tu compi, conducir y cantar. La enfermedad de alguna manera te da fuerzas y consigues encontrar un ofertón para ir a ver a tu hermano. En tren. Por el túnel. Cuatro días que te sabrán a poco, pero menos da una piedra.

Uno de tus flatmates te ha insistido hasta la saciedad: tienes que leer El Lobo Estepario (Hermann Hesse). Al sol en el jardín. El Dueño de la bookshop asegura que fue un libro fundamental para que terminara abriendo la librería. Una amiga sueca te regaló Siddharta hace mil navidades, y no es que no te gustara. Volviendo al Lobo, en el prólogo el autor dice no-sé-qué de filosofía. Subes a tu cuarto a por el libro de filosofía de 3º de BUP. Lo hojeas por encima. Estar enferma es divertido... ¡pero no si vas una semana de vacaciones a Madrid! Nadal juega la final del Masters de Madrid, y el puto Barça ganó anoche la Liga. ¡El próximo 27 a muerte con el Manchester!

En Cuatro están poniendo un maratón de Lost, desde el principio. A quien le interese: aún no he visto los dos últimos. ¿Me esperas?

Ha ganado Federer. Es domingo y tu madre prepara sus clases (es profe) escuchando El Larguero.

Estás terminando Si una noche de invierno un viajero (Italo Calvino), y el personaje del escritor irlandés Silas Flannery se pregunta ¿qué es la verdadera Literatura y cómo producirla? Sospecha que la única literatura real es la que refleja el presente y nada más. Y se pone a escribir una suerte de diario. Y no lo has hecho aposta - porque rezumas personalidad propia te miren por donde te miren - pero resulta que esto que hoy haces es literatura real silasflanneriana, y te gusta. A Lucía le gusta esto.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Tren nocturno a Pingyao


Patsy III y yo en Clacton-on-Sea


Hace poco fui en tren a la playa, entendiendo por playa lo que los británicos entienden por playa: agua marronácea y amusements parks repletos de tragaperras y luces cegadoras. A la ida un señor gordo a más no poder roncaba como un bendito, y yo le echaba miradas asesinas que de poco sirvieron. Entonces recordé unas cosuelas que escribí allá por el lejano noviembre en China, en un tren nocturno que cogí con la soledad más total de mi propia persona. Beijing-Pingyao. Trece horas. Chinos y más chinos. La muerte.

Así dice mi cuaderno,





El tren 1163 salió de la estación oeste de Beijing a las 7 de la tarde. Desde hacía mucho tiempo, cada vez que quería mostrar mi disgusto con algo, decía “prefiero la muerte y la devastación”. Nada más entrar en mi vagón del tren nocturno Beijing-Pingyao decidí cambiar esta frase ya añeja por la más actual “prefiero coger un tren de asientos a Pingyao”. Los trenes chinos tienen diversas opciones: de pie, asiento, cama dura, cama menos dura, cama. Conseguir algún tipo de litera había resultado imposible, así que no tuve más remedio que decir que sí a uno de los vagones que sólo proporcionaba asientos. El infierno no debe distar mucho del panorama que encontré. Ya me habían hablado de estos trenes, de cómo la gente se hacina en ellos, ya sea sentados o de pie.

El asiento que me adjudicaba mi billete por supuesto estaba ocupado, y el chino que me había quitado el sitio no parecía muy por la labor de querer entender mis gestos universales de “mira, este asiento tiene el mismo número que MI billete”. Por suerte pasaba un Revisor por allí – no sé cómo, porque avanzar por ese pasillo que daba la impresión de parir personas a un ritmo más que frenético no era fácil. Le mostré el billete y enseguida echó de su asiento a un buen hombre que estaba sentado varias filas más allá de la mi número. En vano traté de hacerle entender que ese lugar no correspondía al de mi ticket, pero tanto el Revisor como mis futuros vecinos de viaje como el señor que se había quedado sin sitio me sonreían muy contentos invitándome a sentarme donde se me indicaba.

Era un grupo de cuatro asientos y a mí me tocó pasillo. A mi lado, ventana, se sentaba un Niño de unos 4 años con la cabeza rapada salvo por una coletilla en lo alto de la frente y otra en la nuca. Frente a mí había un Hombre de unos 30 años y a su lado, enfrente del Niño Rapado, una chica que no debía superar los 25 con un bebé en brazos. En el pasillo, junto a mí y al Hombre, la Madre del Niño Rapado se sentaba en una especie de sillita de pescador. Las dos madres conversaban sin permitir no un solo momento de silencio. A esta verborrea se unía la del Niño Rapado, quien entre bocado y bocado chillaba cosas a su madre sin que ésta le prestara la más mínima atención.

El Hombre parecía tan agobiado como yo. Lo lógico hubiera sido que nos dejaran sentarnos a nosotros dos juntos, o al menos que cada uno tuviera la ventana, en lugar de estar atrapados entre el eje de la madres cotorras y el eje del Niño Rapado y su madre. La pobre mujer además tenía que levantarse cada vez que alguien quería pasar por el pasillo: todo el rato.

El tren no llevaba ni dos minutos en marcha cuando todos los chinos a mi alrededor – yo era la única occidental – empezaron a sacar de sus múltiples bolsas de plástico y cajas de cartón los infames noodles precalentados que hozan haciendo un ruido harto desagradable y salpicando a diestro y siniestro. El olor tampoco ayudaba. El bebé no hacía más que tirar su biberón al suelo, y por nuestras posiciones éramos el hombre de 30 o yo los únicos que podíamos recogerlo. Una sola mirada bastó para que estableciéramos el pacto de no recogerlo más pasada la primera media hora.

Los chinos competían para ver quién ponía la música más alta y más hortera con el móvil. Este detalle de ir por la vida escuchando música por el teléfono ya me había quedado claro por todas partes. Los chinos no parecen poder vivir sin música. Se juntan en los parques y cantan ópera o cualquier otra cosa. Lo mismo ocurre en los restaurantes, en los aviones y, acababa de descubrirlo, en los trenes. Entre todo este caos el señor con el carrito de comida y bebidas se las apañaba con éxito para atravesar el pasillo cada veinte minutos.

Como era de esperar, al poco de arrancar a la madre en la sillita de pescador se le cayó parte del líquido de los noodles al suelo y todos tuvimos que colocar nuestras pertenencias sobre las rodillas. Hasta entonces mi mochila había estado en el suelo a mis pies porque los portaequipajes rebosaban macutillos atados con cuerdas y bolsas de basura envueltas con cinta aislante.

Las dos madres intercambiaban sus posiciones en función de a quién le tocara comer, y cuando al bebé le tocaba estar entorpeciendo el paso en el pasillo su madre no tenía otra opción que colocar la cabecita del retoño sobre mi pierna, de modo que mis vaqueros tardaron poco en estar cubiertos de babas y mocos.

Por algún motivo que no alcancé a comprender, a la hora de haber partido una chica joven que estaba sentada en el grupo de seis asientos al otro lado del pasillo me ofreció cambiarme el sitio. Acepté sin pensármelo dos veces, pues para ese entonces el Niño Rapado ya había engullido un bol de noodles, una bolsa entera de caramelos marrones que parecían chocolate pero que bien podían ser judías y algo parecido a unas rosquillas que probablemente serían de todo menos rosquillas. Que vomitara era, pues, cuestión de instantes.

Mis nuevos compañeros de viaje eran tres chicas y dos chicos de unos veinte años que no hablaban entre sí. Una dormía y el resto me miraban leer y escribir, pero después de dos semanas y media en China me había vuelto inmune a las miradas prolongadas y nada discretas de los chinos, a que me pidieran hacerme fotos con ellos o a que me hicieran una foto en mi cara sin más. Mi nueva ubicación era junto a la ventana, y eso incluía la calefacción de la pared. Fue un buen cambio. Sólo me preocupaba el hecho de que mis nuevos compis aún no hubieran cenado, y antes o después tendría que volver a presenciar la sorbida de los consabidos noodles, precalentados y malolientes.

El trayecto duraba doce horas, y miraba a aquellos que iban de pie con verdadera lástima y admiración.

En algún momento las moscas hicieron su aparición y atacaron los recipientes de noodles sin piedad. Mi comida consistía en zumo de pomelo, dos paquetes de donettes que había comprado en la estación y una croqueta de atún hecha por mí la noche anterior. Al sacarla de la bolsa los chinos, que llevaban siguiendo todos y cada uno de mis movimientos los últimos noventa minutos, me observaron más atentamente si cabe. La croqueta era grande, y la miraban como quien mira a un plutoniano por primera vez. Me la zampé en dos bocados, y mientras la masticaba me pareció la croqueta más maravillosa del mundo. Hasta pensé en ofrecer un trozo a la chica sentada a mi lado que me miraba de hito en hito mientras sorbía una especie de gelatina verde directamente de un contenedor de plástico. No le ofrecí al final porque recordé que los chinos fríen o hierven el jamón serrano, si no les da asco. No quería que nadie hiciera ascos a esa croqueta que era como levitar lejos del tren nocturno a Pingyao.

A las tres horas de viaje, los chinos que incumplían la señal de No Fumar superaban ampliamente en número a los que la cumplían. Para entonces mi mochila, que al cambiar de sitio había vuelto al suelo, y una de mis botas estaban manchadas del vómito amarillo y pestilente cortesía de la chica frente a mí tras comerse un plátano entre cabezada y cabezada. Por lo menos el olor a tabaco terminó comiéndose al del vómito.



Los olores, las cancioncitas, los llantos del bebé, las conversaciones a gritos y los diversos ruidos guturales que los chinos realizan constantemente y sin importarles un rábano si molestarán a alguien o no (bostezos, escupitajos, rascadas de garganta, sorbida de mocos, eructos, ronquidos, pedos, resoplidos varios…) me impedían conciliar ningún sueño. Aún me quedaban nueve horas y ya iba por la mitad de uno de los dos libros que llevaba conmigo: La Ciudad Prohibida (Anchee Min), sobre la vida de Cixi, la última emperatriz de China.


Cixi acababa de dar a luz al primer hijo varón del emperador Hsien Feng cuando el ruido como de un melón golpeando un suelo blando me sacó de mi lectura. El melón resultó ser la cabeza del bebé al otro lado del pasillo, y el suelo blando era el del tren. El bebé rompió a llorar inmediatamente y su madre le recogió del suelo riéndose. Se le había caído el niño estando de pie y a todos les pareció muy divertido. El bebé lloró desconsolado un par de minutos pero se calmó enseguida. Los bebés chinos parecen más sanos y fuertes que los occidentales, y este episodio en el tren no hizo sino reforzar esta creencia. Bebés o niños en carritos son difíciles de ver. Los padres o abuelos suelen llevar a los pequeños en brazos o a hombros en unas posturas que parecen broma por la peligrosidad que entrañan. La ropa de los niños es un típico pantalón con agujeros delante y detrás para que puedan mear y cagar en cualquier momento. En invierno el frío que se les cuela por dichos agujeros hace que sus culitos tengan un color morado poco natural.

Por algún motivo que tampoco acerté a comprender, el señor encargado de cruzar el pasillo, fregona en ristre, sólo lo hizo antes de que el tren arrancara, cuando los asientos aún no estaban del todo decididos y había más gente de pie que sentada. El vómito amarillo y los distintos líquidos estuvieron entre nosotros hasta que me bajé en Pingyao a las 8 de la mañana.

A eso de la medianoche los tres chinos frente a mí estaban dormidos, mientras que la chica y el chico a mi derecha me molestaban sobremanera con los jueguecitos de sus respectivos móviles, volumen al máximo. Nadie más parecía contrariado ante esta falta de paz gratuita.

En algún momento después de la 1 el sueño pudo conmigo y me recosté malamente contra la ventana en una postura fatal para mi espalda. La ventana estaba mal sellada y un aire gélido se colaba por las ranurillas (la calefacción se había apagado a las 10 de la noche). Al poco rato me despertó el melodioso sonido de un ser humano sorbiendo noodles. Abrí los ojos y descubrí al chico de delante enfrascado en la ruidosa tarea de alimentarse. Al otro lado del pasillo la madre del bebé no había parado de comunicarse a gritos con la del niño rapado en las últimas seis horas. Sus hijos dormían y de vez en cuando ellas silbaban a pleno pulmón si notaban que los niños se revolvían en sus regazos. Sorprendentemente semejante bocinazo parecía calmarles.

El señor del carrito de comida seguía pasando cada poco tiempo, seguido de una mujer con una bolsa de basura gigante. A ninguno de los dos le quitaba el sueño que la mayoría del vagón estuviera durmiendo. Atravesaban el pasillo vociferando “¡agua! ¡comida! ¡basura!”. Aún con tanto ruido los ronquidos de varias personas jamás que quebraron. Las mismas caras de siempre permanecían de pie en el pasillo.

El tren hizo incontables paradas. Cada vez que esto ocurría se bajaba el mismo número de personas que se subían, de modo que jamás ganamos espacio. Me preocupaba no entender qué decía la voz del altavoz cuando nos acercábamos a las distintas estaciones, pero en la taquilla donde compré el billete me habían dicho que serían doce horas hasta Pingyao.

No sé cómo entre las 2 y las 7 dormí bastante. Nunca profundamente, pues los diversos sonidos ya explicados me impedían hacer tal cosa. Aún así logré descansar, y cuando la tos cada vez más preocupante de la chica frente a mí por fin me desveló completamente eran pasadas las 7. El tren paró poco después pero no me pareció entender la palabra “Pingyao” por la megafonía.

A las 8 de la mañana mi ansiedad era máxima: habían pasado trece horas y no me quedaban donettes. Como no había querido descubrir cómo eran los baños de aquel tren abarrotado, llevaba sin beber agua más de medio día. Mi boca estaba seca y además necesitaba ir al lavabo de todos modos.

El altavoz volvió a decir algo y esta vez no dudé en preguntar a mi vecina la sorbedora de gelatina verde. Le mostré mi billete que ponía “Pingyao” y por gestos me indicó que era la siguiente parada. Supongo que fueron los dos interraíles a mis espaldas los que me ayudaron a no pasarme de estación. No sé por qué estaba erróneamente convencida de que Pingyao era final de trayecto.



¿Cual de las dos durmió en una cama?


Pingyao es un pueblito muy chino, pero me da pereza seguir la explicación y os remito a las guías de viaje para que indaguéis más sobre ello. Tuve la suerte de conocer a una Italiana que hablaba chino y nos pasamos el día juntas pedaleando entre las callejuelas y comiendo sin parar. Resulta que ella había venido en el mismo tren que yo pero sí había podido encontrar un billete para los compartimentos con camas. Casi me da algo cuando me dijo que de las seis camas de su cuarto dos estuvieron vacías sin interrupción.

Mi billete de vuelta era para esa misma noche – cágate lorito – y la Italiana me escribió en chino en un papel “¿Sabe usted si quedan camas libres? Pago la diferencia y lo que haga falta” para que se lo diera al revisor nada más subir al tren. Huelga decir que el revisor no me hizo ni caso.



Pingyao y nuestras bicis


De nuevo mi asiento estaba ocupado, esta vez por una mujer de unos cincuenta años. Me dije a mí misma que no me dejaría aplastar una segunda vez. Le evidencié mi billete y logré que ella me enseñara el suyo. Estaba sentada en el asiento 106, el mío, y su billete ponía 010. ¿Hola? La mujer empezó a hacerse la sueca pero yo fui inflexible. Terminó cediendo y se marchó. En ese momento se sentó en el 106 una china veinteañera. No dejé que la mala leche se apoderara de mí y con paciencia conseguí que me mostrara su billete. Había acertado el asiento, pero no el vagón. ¡La realidad siempre supera a la ficción y este viaje a Pingyao es el ejemplo perfecto!



Mis compañeros en el viaje de vuelta eran mucho más mayores que los de la noche anterior. Por motivos ocultos la mujer a la que había tenido que echar de mi sitio terminó sentada a mi lado, en lugar de ocupar su lugar treces filas más allá. Junto a ella un señor no molestaba nada y dormía apoyado en la ventana. Frente a él otro señor leía una revista china y se hurgaba la nariz con todo el descaro. A su lado y frente a mí se sentaban dos hombres que me escrutinaron a conciencia desde el primer momento. Uno de ellos no dudó incluso en quitarme el libro de las manos incapaz de mantener a raya su curiosidad. Intenté explicarle
que era en español, pero no debía de pronunciar correctamente las tres sílabas que significan España (Shi-ba-ña o algo similar). Como no tenía nada mejor que hacer, rebusqué en mi mochila – otra vez en el suelo – hasta encontrar mi pequeña guía de traducciones básicas Español – Mandarín. Al comprender que venía de España (como para explicarles que vivo en Londres) sonrieron bastante y me hicieron mil preguntas en chino que obviamente no comprendí. Los cuatro chicos más jóvenes al otro lado del pasillo se unieron a este juego tan divertido y yo me abrumé harto.

Un niño llegaba de vez en cuando hasta nosotros y le entregaba a la mujer sentada a mi lado comida y más comida. Ella pretendía no quererla al principio pero enseguida la aceptaba y me tocaba escuchar casi en mi oreja cómo masticaba con toda la bocaza abierta manzanas, salchichas y huevos duros a palo seco. Entre manjar y manjar eructaba y tiraba la basura al suelo, sin duda solidarizándose con las cáscaras de cacahuetes que el hombre frente a mí dejaba caer por su jersey, su asiento y nuestros zapatos…



Y ya no escribí más, porque me estaba poniendo enferma del agobio. Me dediqué a terminar mi libro y a despegar, sin ningún miramiento ni cariño, la cabeza de la mujer de los huevos duros de mi hombro, algo así como cada dos minutos. Trece horas seguidas. No dormí nada, y fue un poco antes de llegar a Beijing cuando escribí mi Oda de Odio a los Chinos. La publiqué en el blog pero la quité rápido porque me sentía muy mala gente. Tachadme de tiquismiquis: pues vale, ¿y qué?

Señor que me quitó el libro

jueves, 16 de abril de 2009

Imagina y goza

Imagina que tienes 20 años y que caes en la cuenta de que tu cultura musical roza el analfabetismo.

Imagina que existen posibilidades cibernéticas para descargar con la gratuidad merecida todo aquello que tus dedos tecleen.

Imagina la "vergüenza ajena" que sientes al grabar dos CD's que titulas Basta de Ignorancia Musical I y II, con canciones (hasta entonces desconocidas para ti) de Radiohead, Portishead, U2, The Verve, The Smiths, Moloko... y un largo y universalmente conocido etcétera.

Imagina que te quedas entusiasmada con la locura de tener a tu alcance toda la música del mundo aquí y ahora, y que una vez dominados los Fake Plastic Trees y There is a light that never goes out de turno decides ponerte a investigar. Tienes frente a ti un buscador maravilloso que rara vez te decepciona.

Imagina que descubres una página web llamada http://www.allmusic.com/. Dicha página no sólo te explica quién es quién y cómo, cuándo y cuántos sino que además ofrece la opción impagable de sugerirte "artistas similares".

Imagina que eres una de esas personas que sabe reconocer un buen título o un buen nombre entre un millón. Desde luego Marianne Faithfull captará tu atención, así como Joan As Police Woman.

Imagina que aciertas de pleno y los tres discos que te bajas de Marianne Faithfull te congratulan como pocas cosas antes te habían congratulado (y es que todavía no conoces a los hermanos Wainwright ni a Paris Combo).

Imagina que no puedes dejar de escuchar The Ballad of Lucy Jordan, aunque tendrán que pasar más de cinco años para que comprendas que habla de la entrada a un psiquiátrico.

Imagina que vives en Madrid y te enteras de que la Faithfull actuará en el Círculo de Bellas Artes, 60 euros. Para entonces ya ha pasado el tiempo suficiente como para saber que sólo pagarías semejante burrada por Rufus (o en el caso poco probable de que Abba de el sorpresón).

Imagina que año y medio después vives en Londres y que una buena tarde lees en el Time Out que al día siguiente la Faithfull tocará gratis en una tienda de discos de Brick Lane. ¡Gratis!

Imagina que remueves cielo y tierra hasta que logras una de las codiciadas entradas.

Imagina que eres pequeñita y que, como siempre te ocurre en los conciertos, no ves nada bien lo que sucede en el escenario.

Imagínate a Marianne Faithfull el 15 de abril (cumpleaños de Emma Thompson, jamás me olvidaré) de 2009: una abuela bellísima y elegante hasta decir basta, con un vozarrón que no pretende ocultar.

Imagina que canta The Ballad of Lucy Jordan.

Deja de imaginar y escucha: http://www.youtube.com/watch?v=0KV-PTK0UZ4&feature=related

viernes, 3 de abril de 2009

¡Tranquilidad!

He vuelto, dado el clamor popular de una persona concreta pidiéndome menos teses en Faceshite y más Automática.

Y es que en estas últimas dos semanas de afonía bloguera he descubierto muchas cosas sobre mí misma que jamás sospeché. A saber: mi profesión ideal es la de Pirata, si fuera un personaje de Friends sería Chendler, si fuera un concursante del primero Operación Triunfo sin duda Nuria Fergó (¡bien!), si fuera una estrella de cine sería Drew Barrymore, si me dedicara al rock ochentero lo haría como Cindy Lauper, el barrio madrileño que más le pega a mi personalidad liberal es La Latina, mi edad real son siete años, de todos los personajes de Lost soy Jack, si trabajara en la Iniciativa Dharma lo haría en La Orquidea y me parezco al hermano pequeño de los Hanson. Desde que he aceptado mis obsesiones y mis enganches infinitos soy más feliz.


Como úlitmamente no me ha ocurrido nada demasiado interesante - y si ha sucedido es personal e intransferible vía blog - hablaré de mi trabajo y de mis compis, que les tengo muy abandonados.

Polaca I se fue y hace poco estábamos Polaca II y yo hablando de algo y va y me suelta que Polaca I me amaba más bien poco. ¿Hola? ¡¿Por qué?! La respuesta no pudo ser peor: porque no le gustaba cómo trabajas. ¿Hola? ¡¿Por qué?! Vale que en ocasiones puedo ser un poco rancia, pero mi naturalidad y mi nula capacidad para soportar clientes indeseables me han situado en el primer puesto del ranking de popularidad entre los compis. POPULAR. En cuanto aparece alguno de estos cretinos recurrentes - que se enfadan porque no queremos saber nada de sus libros semi carcomidos por el polvo, el tiempo y la devastación - me llaman a mí para que les ilustre la situación que parece escapárseles. Y me escuchan, vaya si lo hacen. Hemos llegado a la conclusión de que mi cara de niña buena seria unida a mi acentazo español y a mi entonación más bien parca configuran la combinación ideal para que la chusma nos deje en paz:


"My colleague has already told you we are not interested"
(O lo que es lo mismo)
"Que te he dicho ya que no"


Saben que no tengo escrúpulos - si alguien me cae mal o no demasiado bien - a la hora de decir "no, no tengo ese libro" sin molestarme si quiera en hacer amago de buscarlo. Es posible que Polaca I sí tuviera motivos de queja hacia mi actitud laboral... pero ella no era popular, sino temida. ¡Ja! Y mira que a mí ella me caía bien. (Obviamente estoy exagerando)


Mi horario habitual es de martes a sábado. De martes a jueves trabajo con Polaca II y una Alemana Nueva también conocida como Riñonera (lleva una siempre atada, expediente x total). Con Polaca II el buen rollismo es mutuo, a pesar de que en el terreno personal chocamos por todos lados. Como libreras hacemos buena pareja.

Los viernes y los sábados, en cambio, trabajo sólo con chicos. Sin contar al Lituano que no sale del sótano en la tienda estamos el Músico y un Inglés Nuevo que ha resultado ser un magnífico fichaje. Rápido y muy gracioso. Formamos un trío de lo más pintoresco y trabajamos con gran ahínco a la par que con una relajación digna de alabanza. Me miman harto. Los sábados, por ejemplo, saben que es más que probable que mis condiciones físicas dejen bastante que desear, y suelen hacer la vista gorda si me siento en una silla tres horas seguidas y sin pretender que estoy ocupada.

La verdad es que no he hablado mucho de mis compis sino de mí, yo, me, mi, conmigo. A ver si va a resultar cierto eso de que un blog es un vehículo para la autocomplacencia. Como dice Carlos Pujol en su impresionante La Sombra del Tiempo (no confundir con La sombra del viento):


Nos empeñamos en que hasta la menor de nuestras bobadas dure eternamente.

Llevo un día de perros por motivos personales y profesionales. Entre estos últimos destaca mi intención de terminar de ordenar algún día la sección de Ficción. Llevo tres días y con suerte mañana acabo, consciente en todo momento de que antes de la semana que viene estará hecha un cristo otra vez. Hay secciones que por mucho que te hernies no lucen nada.

Y hablando de Ficción... Por fin mi jubilosa lectura de Emma ha concluído para siempre. Noto que mis ganas de leer - que no de escribir - van recuperándose y he empezado la Autobiografía de Buñuel y Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino. Ambos pintan estupendamente.

Emma, by the way, es un alucine. Si alguien conoce a algún autor@ que combine en su pluma las habilidades descriptivas y sociales de Gorki y la mala leche de Jane Austen... ¡que me lo diga ya!

Por último comentar que tengo un cliente/admirador no secreto que me pone de los nervios. Me persigue por la tienda y me mira de esa manera que me provoca desear una muerte lenta y dolorosa para él y para mí un ropaje futurístico que no deje pasar los rayos láser oculares con los que me desviste sin pudor. ¡Que asco dios!

jueves, 19 de marzo de 2009

El Día Después

Después de San Patricio, ¿qué si no?

Dicen que un clavo saca a otro clavo, y yo me dije: probémoslo. Como ya me he quejado suficiente, doy por hecho que de sobra son conocidos los clavos que a día de hoy me hacen un poquito de daño.

Ayer fue St. Patrick's Day. De toda la vida fui al colegio San Patricio de Madrid. Atad cabos.

Desde el domingo Londres parece una broma. El sol brilla, que no calienta, y las ganas de dejar atrás el UK para siempre merman considerablemente. Aunque bueno, no para todos. Mi número de contactos/amigos aquí sigue estando en números rojos, y me quedé un poco decepcionada al no salir a celebrar la fiesta irlandesa en condiciones. Por supuesto que me tomé mis pintas, y al ladito del río, pero noté ganas de más. Es lo que tiene ser una "cierrabares", de siempre (obviando el detalle de los plastas de mis padres que hasta que no me fui de casa no me dejaron salir en paz, y yo que les hacía caso como una tonta).

Al levantarme esta mañana y volver a ver el solano me he desesperado: ¡me tocaba volver a currar tras tres días de vacaciones santillana! Pero como ya me he resignado a no ser la nueva Jeanette Winterson o Amélie Nothomb, pues no me ha costado tanto presentarme en la librería, cinco minutos tarde por supuesto. Por algún motivo que ha ido perdiendo consistencia a lo largo de la jornada, he optado por enfrentarme al cuartito de los libros duplicados. Diez horas más tarde aún no había terminado. Mañana será otro día. No digo que ver tantos libros sueltos y desperdigados no te suba la moral: ¡publican cada cosa! ¿Y a mí? Nota mental: escribir algo de una puñetera vez. Y es que las musas me han abandonado... ¡Maldición! ¡Volved ya! Venga vaaaaaaa

Decía que he decidido darle una oportunidad a eso de un clavo saca a otro clavo, y me he ido de compras. Porque yo lo valgo, porque tengo ahorrillos, porque me apetecía. ¿Que qué me he comprado? Pues un abrigo de verano ideal de la muerte en un lugar que no pienso decir porque se supone que no debo dar dinero a esa gente. Y libros... ¡muchos libros!

De entrada la prosa completa de Beckett en dos volúmenes preciosísimos. Necesarios no, lo siguiente. También por fin me ha llegado mi nueva copia de "Then we came to the end" (Joshua Ferries), mi libro favorito del año pasado y que le regalé a mi amiga la que está en China porque sé que ella lo disfrutará como es debido.

Bueno, ya está. Pero un Regular Customer, Ken, me regaló el otro día la autobiografía de Buñuel porque le aconsejé como nadie antes le había aconsejado sobre un tema peliagudo que se traía entre manos. Y luego están los préstamos, que si me gustan acabaré comprando: los tres tomos de "El hombre sin atributos" de Robert Musil y la trilogía autobiográfica de Maxim Gorki (mi obra de cabecera), que ya la tengo en Madrid pero no he podido resistirme a colocar una réplica encima de mi chimenea.

La mochila de la bici pesaba harto y me he visto en la obligación de cambiar mis planes para esta noche de modo imprevisto. En lugar de ir a la ópera con mis flatmates griegas he optado por volver a celebrar San Patricio en mi pub, porque ya tengo un pub. ¡Viva! Después he vuelto a casa con la convicción profunda de hacer una tortilla de patatas y no gorronear como siempre a los compis. Huelga decir que uno de ellos, el Nuevo, nada más entrar por la puerta me ha dicho: "Lucía de cenar hay sopa de calabaza, cuidado que pica".

Mis ganas de volver a Madrid aumentan cada día... No sé. Es un buen lugar.

PD: dedico la entrada de hoy a mi amigo Sheshar, él sabe por qué.

jueves, 12 de marzo de 2009

EDINBURGH y el Holocausto

EDINBURGH


Edinburgh Castle


Bruntsfield


Marchmont


Princes St Gardens


Inverleith Park


Struan y yo en la Royal Mile


Arthur's Seat y las chimeneas


¿Qué más puedo decir?

Es por ello que hablaré de otros asuntos, como por ejemplo de la reunión judía a la que asistí el otro día.

Una de mis flatmates griegas estudia un máster en Visual Anthropology (o cómo filmar documentales costumbristas) y rara es la tarde que no acude a alguna reunión/concierto/cena/fiesta/proyección interesantísima. Es una monería, y yo me acoplo que da gusto.

La del otro día estaba organizada por Jewdas, una asociación judía de izquierdas que se opone radicalmente al gobierno de Israel con todas sus consecuencias. Las chapitas de Free Palestine abundaban en las solapas.


Cuando yo era joven e inexperta me encantaba una serie americana malísima: The Nanny, con esa Fran Drescher y su voz nasal a muerte a la cabeza. La niñera en cuestión era judía y siempre hacían chistes sobre lo muchísimo que comen los judíos. Pues sí. Doy fe. La cola para el buffet era cuatro veces mayor que la del bar, y la gente masticaba y tragaba como nunca nadie antes masticó y tragó en mi magnífica presencia.





El evento consistía en 18 charlas de las cuales sólo podías elegir 3. ¿Y eso por qué? Pues porque en total había seis mesas y tres sesiones. Nosotras acertamos de pleno con nuestras tres sesiones, a pesar de la paja mental que se hizo el chaval de la segunda sesión.

La primera se titulaba The Hidden Story of the Yiddish Speakers: sobre cómo la versión histórica autorizada considera que la vida judía en Europa no ha sido más que mil años de opresión y miseria. El tipo que daba la charla, Paul Kriwaczek, ha escrito un libro necesario para explicar cómo desde la época medieval los judíos han desempeñado un papel clave en la historia europea, aportando al continente en desarollo diplomáticos, consejeros, físicos, ingenieros, músicos, profesores, escritores, poetas y filósofos. Sin ellos Europa no sería lo que ahora es. Supongo que sus datos son verídicos, y que razón no le faltará, aunque el punto de vista puede que sea un poco reducido. O quizás no. ¿Mojarme? ¿Yo?

La segunda charla la dio un chavalín encantado de haberse conocido. Con pelete alborotado, camiseta llena de lamparones, brazos tatuados y anarquista autoproclamado. Radical Histories/Alternative Futures: anarchism, zionism and the Kibbutz. De nuevo saco a colación el tema de The Nanny, y es que gracias a aquella serie de chistes malos me enteré de lo que era un kibbutz. ¡Gracias Fran!

El chico era un coco puro, pero tan mal o peor comunicador oral que yo. Se perdía él solito en un mar de nombres de anarquistas desconocidos y fechas y conexiones entre anarquistas y fechas y al final lo único que sacamos en claro fue que las ideas de los primeros anarquistas jamás fueron puestas en práctica más ni mejor que en los primeros kibbutzs de los años 20. Eso sí, me encantaría jugar al Trivial con él: ¿acaso perdería por primera vez en 27 años?

La tercera charla se llevó sin duda la Palma de Oro: Laughing at the Holocaust? Un cómico judío nos tuvo a más de cincuenta personas descojonándonos vivos con chistes súper crueles sobre campos de concentración, las duchas de gas, los nazis... Muy bestia. Su punto de vista era el de rechazar el Holocausto como el tabú más poderoso. ¿Su argumento? Muy simple:

Comedia = Tragedia + Tiempo


Y si esto se cumple para todo... ¿por qué iba a ser el Holocausto una excepción? Se estableció un debate excelente en el que se acabó aceptando como verdad universal que chistes sobre el Holocausto "quizás" sólo debieran ser contados por judíos, igual que "quizás" es mejor no hacer chistes sobre negros si tú no lo eres, etc... ¿Vosotros que pensáis?

Concluyo por hoy con el chiste más light:

Un judío sale de su escondite en busca de comida y de pronto aparece en el camino un coche nazi. Se esconde detrás de un arbusto pero los ocupantes del vehículo le ven. Baja Hitler del coche, apunta al judío con una pistola y le obliga a comerse una caca de vaca que había por allí. El judío se la come y Hitler no puede parar de reírse, tanto que se le cae el arma y el judío aprovecha para apuntarle él ahora. Le obliga a terminarse la caca de vaca y Hitler lo hace. Entonces el judío huye escopetado al ático donde su familia está escondida. Abre la puerta y le dice a su mujer: Cariño, ¿a que no sabes con quién he comido hoy?