domingo, 19 de agosto de 2012

Musings from a fabulous (although hottest ever) summer




Mi celebrada lectura de Murphy parece que va llegando a su fin. Leo en voz alta, para practicar inglés, en bañador, en el cuarto de mi hermano, con un café en taza de flores a mi vera sobre la mesa. Ritual veraniego nº1.

Rutina, by RAE - <<Costumbre inveterada, hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas>>. Como fumar con una cerveza en la mano; como bucear siempre entero el primer largo al tirarte a una pisicna; como embadurnarte de protección 50 aunque el día salga nublado; como desayunar tostadas con paté a pesar del peligro cardiovascular a largo plazo; como detener el zapping en cuanto aparece Paul Rudd en pantalla; como llevar una chaquetita en el bolso en verano, por si acaso; como cambiar el cartucho de tinta de la pluma en el metro, aún sabiendo que lo pondrás todo perdido...

Costumbres culinarias, o alimentos que yo podría ingerir ad infinitum, o hasta que se acaben:

1. Paté y/o foie gras untadico en cualquier tipo de pan
2. Langostinos
3. Picotas, cerezas
4. Pistachos

Una vez pillé un colocón de pistachos, pero eso no mermó ni un ápice mi amor por ellos (no como mi episodio quinceañero con el martini con limón, que nunca jamás he vuelto a catar). A mi padre le hace mucha risa atiborrarse de picotas y luego el vómito es rojo y él ya no se asusta, pero la primera vez que le pasó creyó que su cuerpo acababa de explotar por dentro.



viernes, 27 de julio de 2012

Mini repaso a una vida olímpica

Hace cuatro años justos yo estaba, como quien dice, instalándome en Londres. Llevaba varios meses ya allí, no tenía amigos (¡cómo se me llenaba la boca cuando decía eso, eh Maic!) y mi vida sentimental se extinguía por momentos.

El día que Londres se alzó con las Olimpiadas 2012 yo estaba allí de visita. Vivía en Edimburgo por aquel entonces.

Decía que hace cuatro años yo estaba en Londres, en aquel primer pisito de Notting Hill, y vi enterica la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Pekín, en mi sofá. Rafa Nadal acababa de ganar Wimbledon y la BBC le enfocaba sin parar, le amaban. 

A los cuatro meses de aquello me fui, precisamente, a Pekín, a visitar a una amiga que me contó que durante las Olimpiadas Pekín había sido el infierno. Además del calor.

Y ahora estoy en Madrid, vaya calor. No me sale muy bien eso de estar en el momento y lugar adecuados. ¿O sí? Dentro de un rato se inauguran los juegos de Londres, que además van a tener lugar muy cerquita de mi ex casa, donde estuve hace escasos diez días, recogiendo a Patsy y siendo MUY feliz. Demasiado. Pero no voy a llorar.

Me perderé la ceremonia por la tele porque esta tarde me voy al teatro, lo que significa que dentro de cuatro años el Conde Duque y Río de Janeiro tendrán algún tipo de conexión aún desconocida. Ya os contaré.

miércoles, 18 de julio de 2012

O.D.A. (sin tildes)


Cuando sientes una pena infinita,
Pero todo va bien
Y no se puede sino ser optimista,
Porque quien sabe que horripileces
Nos esperan a la vuelta de la esquina.

Anoche, cicleando por Clerkenwell, lo vi muy claro:
Londres es mi hogar.
Dicen que cuando quieres mucho a alguien,
Lo quieres tanto que hasta lo dejas marchar.
Pero la que se va soy yo.

Realidad Vs Fantasia,
Batalla que dura muchos tiempos.
Incluso Ken Loach suenya,
Incluso Galdos inventa.

Cliche: un duro golpe de realidad.
Pelicula: ese oscuro objeto de deseo.
Conclusion: Art + Adj + N + CN

En mi caso, la asertividad
Empieza a dar la mano a la culpabilidad.
Aristoteles no dijo: El hombre
es un ser timido. Dijo racional.
Y ademas se saco una Poetica
De la nada, de la manga,
De la vida.

miércoles, 11 de julio de 2012

Spot the tourist


Entonces, estaba yo tan contenta en Madrid, tras, además, un fantástico viaje relámpago a Barcelona, cuando de pronto me vino a visitar el Compi, y después de tan solo una hora juntos, tiradísimos en las hamacas de la piscina, me entraron una nostalgia y un amor profundo por Londres que pa qué. Me puso al día de todos los viajes en bici que ha hecho en estos dos meses, lo mucho que me echa de menos cuando va solito a la terraza de nuestro pub, The Elderfield. 





Si algo he sacado en claro en mi enésima visita al El Prado es que en la siguiente fiesta de disfraces, obviamente, me pido ser Don Juan de Austria cuando es presentado en Yuste a Carlos V. ¡Qué traje tan molón!




Lo que más me gusta del Compi vacacioneando en España es que se ha obsesionado con la morcilla de Burgos, y esto es mucho mejor que mi visita del verano pasado (otro Chris), obsesionaíco él con el chocolate con churros como si no hubiera un mañana: desayunar, en San Ginés; aperitivo, San Ginés; merienda, San Ginés; todo esto en el agosto madrileño. Fue horrible.

El saber no ocupa lugar: las patatas Ruffles, al jamón o no, se llaman así porque "ruf" significa "ondulación", y la gola barroca se llama Ruf, en inglés, por motivos más que clarinetes. El Compi es una fuente de sabiduría campechana muy importante.

Psicología de la Cerveza, by Lu: porque si tienes una pinta delante, bebes más rápido; si lo que tienes es una caña, tu ritmo desciende una barbaridad; y si tienes una caña con la que te dan tapas que podrían ser cenas completas, te la bebes como si de una pinta se tratase: velozmente. El cerebro es muy sabio, porque todos estos procesos que acabo de demostrar cientificamente suelen ser inconscientes. Son las 5:30 am y acabo de dejar al Compi en Barajas tras ocho días de intensidad y de atasco en atasco y tiro porque me duermo.



El Compi y yo muy contentos en Valencia

sábado, 30 de junio de 2012

Stansted t'ailoviu

Querido London Stansted,

No solo es la primera vez que le escribo una carta a un aeropuerto sino que hasta hoy jamás sospeché que se pudiera amar a un ídem. Obvio, quien dice amar dice que de pronto llegas a las T4 de Barajas y te pones a comparar aeropuertos. Stansted es tan cuqui.

Querida Inés,

Eres TAN guay. Abrazos sin parar.

Como te decía, Stansted, llegar hasta ti cuesta hartas libras esterlinchis. En dos semanas te las pago, bueno, pago a esos italianos. Lo que más me gustaba de tu aeropuerto, la tienda de Kurt Geiger, desapareció hace tiempo. De allí son mis ex-botas negras de ir a festivales y mis ¿alpargatas? también negras.

Querida Ro,

¿Todo bien?

Lu rumbo a Barcelona.

Mi rutina, que la tengo, dear Stansted, cuando acudo a ti, siempre pasa por desayunar una baguette de brie con tomate y albahaca en el Pret. Y un latte. En la T4 madrileña las cafeterías sirven por supuesto lattes y macchiatos y capuccinos, pero yo he pedido un café con leche de toda la vida y la siguiente ha pedido un cortado con hielo y creo que el camarero nos ha amado all the time al negarnos a participar del lugar común cafetero que se ha inventado Starsucks (el Mal) y que no tiene ni un ápice de honestidad italiana. Golazo de Pirlo, by the way. Y de Sergio Ramos. Mañana, más.

Querida Inés,

Sobran las palabras, pero te diré una sola igualmente: BELLEZA.

La cola del Pret es la más rápida que yo jamás vi. Nos vamos acercando a los baristas, en mogollón y todos a la vez, unas cuatromildoscientas personas, y en menos de un minuto, juro, ya hemos sido todos despachados. Es la mayor eficacia mundial. A veces me asusta, pero me gusta sentarme en una mesa, a las 7 de la mañana, despierta desde las 4am (Clapton - Liverpool St - Stansted Airport), a observar dicha eficacia mundial mientras sueño con un café con leche real y mastico tranquilamente mi bocata.

Querida C. Rosenvinge,

Eres TAN maravillosa.

Por último, oh Stansty, recorro pasillos y pasillos, subo y bajo escaleras mecánicas ad infinitum, hasta que llego a mi puerta de embarque y me quedo frita bastante antes de que el avión despegue, normalmente.

Siempre tuya,

Lu

 Madrid a 27 de junio de 2012

sábado, 16 de junio de 2012

Cartas a Ana

Querida Ana, 

A ti nunca te escribo. Y mira que eres bellísima y divertidísima, pero hija, tienes cada colgante dorado que yo me quedo muerta. Desde que cambiaste el plumas rojo por el moderneo más atroz y te cortaste la coleta que te asemejaba sobremanera a Nuria Fergó en pos de una melenita francesa y, sí, Ana, demasiado recta, mi amor por ti, si bien conoce menos fronteras que nunca, también, fíjate, me lleva a escribir oraciones como esta misma que ahora me ocupa y, oye, como que yo no soy el Bernhard ese, pero ahora es que no sabría ni dónde colocar un punto y final, ni siquiera un punto y seguido. 

Párrafo nuevo. 

Y otro. Nuestro inminente viaje a Piedrahita me tiene contentísima. No os lo he dicho, pero en la casa a la que vamos no habrá agua caliente hasta mañana. Luego os lo digo, cuando ya hayamos pagado el peaje a Ávila. En Piedrahita, aunque tú te empeñes en decir Piedrajita, se celebra una de las pruebas mundiales de aladeltismo. No te digo más. Yo es que soy más de hacer merendolas. Hay un río, Tormes le dicen, donde podremos lucir nuestros cuerpazos esbeltos y semi-tonificados (nota mental: no volver a cenar una fuente entera de calamares fritos) y donde, según cuenta la leyenda, Becquer o alguien, tiempo ha un campesino rechoncho y desalmado... Ah, no, que hay un lugar concreto en esas aguas que te deja el pelo maravilloso. Me lo ha dicho mi padre, no Becquer, que es calvo, el pobre, mi padre, pero de joven bañaba su larga cabellera rubia, juro, en aquel enclave riachuelístico que mañana a más tardar conoceremos y el pelo se le quedaba una cosa de otro mundo. Se me acabó la hoja. Anmor. 

Lu

 Madrid, a 16 de junio de 2012

viernes, 1 de junio de 2012

Mi vida es un constante highlight II

1. INT - AUTOBÚS - NOCHE

¡Ser pobre! Ayyy qué bello. Y me refiero, obviamente, a tener que cogerme el buho a las tres y media de la mañana porque no me puedo permitir un taxi. En realidad no soy pobre, aunque son las tres y media de la mañana y hace dos horas, en plena fiesta de Random House Mondadori, nos han dado el chivatazo de que mañana mismo nos rescatan. ¡Súper contenta de haberme vuelto a España! Por todo.

Querido Jorge, Jorge Gárriz, estoy en el bus nocturno y hay alguien que tiene tu voz.

¿Sabéis que os digo? Que tengo salud, patsy del resto.

Ahora, el relato:


           Si P. coge el coche es porque va a comprar algo pesado, o porque no le apetece ir en metro, o porque no es ella quien paga la gasolina. P. necesita un colchón nuevo, a ser posible doble. Tiene 30 años y aparenta unos 29. El secreto está en embadurnarse después de cada ducha con aceite de almendras. Embadurnarse y después limpiar todas las gotitas grasientas que además de a su mano han salido disparadas en todas direcciones al apretar (ella) el botecito. Hasta aquí las presentaciones; es rubia.
Lleva durmiendo mal más de cuatro meses: el colchón. Pero no ha tenido dinero suficiente para cambiarlo. Su madre le ha dicho que si quiere puede quedarse en casa (de sus padres) el tiempo que necesite. P. está muy agradecida y encantada de comer y cenar a mesa puesta. Acaba de casi volver de Londres tras haber vivido allí los últimos siete años. Vuelve porque llevaba bastante tiempo diciendo que le gustaría volver, y justo hace un año el novio de una de sus amigas del colegio le propuso montar juntos una editorial. P. no se lo pensó dos veces y once meses después ya casi ha vuelto a España.
Ha decidido invertir en un colchón nuevo el dinero que de entrada se ahorrará en alquileres. Pide prestado el coche a su abuela y se dirige a una conocida cadena de cosas ideales para el hogar. Circula lenta y precavida, aunque coge la primera rotonda por la izquierda y debe repetirse cada cierto tiempo “aquí se circula por la derecha”. Añora su bici.
La tienda está abarrotada y P. odia a todo el mundo. También le cayeron fatal Fanny Price y Edmund Bertram, por muy buena gente que fueran. Le gusta Jane Austen porque su obra es completamente abarcable y por su sentido del humor tan ácido contra los remilgos ingleses.
- ¡Oiga!
P. se ha britanizado sin saberlo y no responde, ni siquiera se da por aludida, cuando se dirigen a ella a gritos.
- ¡Oye! ¡Tú!
Por fin se gira y, sin contestar, observa al tipo que parece querer comunicarse con ella.
- ¡Pero quién te ha hecho ese corte de pelo! – pregunta el tipo mientras hace ademán de tocarle la cabeza.
P. se aparta bruscamente de esa mano y sigue caminando. Oye risotadas a su espalda. La espalda la está matando. Desde el primer día, y lleva más de cuatro años en su casa del Este de Londres, el colchón de su cama le resultó incomodísimo, pero se acostumbró mal que bien. Los últimos cuatro meses han sido horribles, y cada vez que la griega cuyo cuarto está junto al suyo se va a dormir al cuarto de su novio, P. aprovecha y duerme en su cuarto (el de la griega), pues su colchón es maravilloso.
Recorre el camino obligatorio parándose solo cuando el gentío la obliga a ello. No encuentra la sección de colchones. Pregunta y una empleada harto borde le espeta que están justo ahí, detrás de las literas. No es verdad, o P. está cegarruta perdida. Pregunta de nuevo y esta vez el empleado la mira de hito en hito.
- Me han dicho que están por aquí
- ¿Estás de coña?
- ¿Cómo?
- ¡Que si me estás vacilando!
El chico se da media vuelta y se aleja. P. permanece inmóvil entre literas de hasta tres alturas. Fija su mirada en una de las serpientes de maderitas que soportarán un colchón. No entiende nada. Mira alrededor y descubre que todas las camas están vacías, no tienen colchones puestos.
Lo primero que piensa tras semejante observación es que por algo el sentido común le decía que sería más rentable invertir el dinero que se iba a ahorrar en alquileres en un buen terapeuta. Jungiano, por favor. Está casi segura de que en realidad sí hay colchones, pero su mente se niega a verlos porque inconscientemente sabe que la cama de su antiguo cuarto, aunque enana, es muy cómoda. Pero considera un fracaso volver a casa de sus padres, aunque sea solo temporal, hasta que la editorial comience a despegar. Hasta dentro de 120 días no recibirán la primera liquidación, igual que hasta que no pasen las Olimpiadas sus compañeros de piso no pueden dejar la casa para cogerse algo los dos solos.
Sin embargo, todo esto que piensa está, en efecto, pensándolo. Luego no es inconsciente. Luego es consciente. Piensa en su compañera de piso griega, la del colchón maravilloso. Piensa en lo bien que le vendría ahora una de sus sesiones. Ser incapaz de ver los colchones sin duda podría entrar dentro del espectro de las enfermedades mentales.
Sale de la tienda. No recuerda dónde aparcó. No entiende por qué está ahí, por qué ha vuelto. La gente ya no lee, en el metro ha visto mas kindles de los que le hubiera gustado, los libreros con los que ha hablado repiten todos el mismo discurso apocalíptico sobre la crisis y la falta de consumo. Pero la editorial lleva su nombre, y siempre ha pensado que antes o después se marcharía de Londres. Le cuesta respirar. Lleva sin llover desde octubre, cuatro meses de sequía. Ni siquiera puede llorar por dentro, hasta su corazón se ha secado. Le duele muchísimo la espalda.