viernes, 25 de julio de 2008

Literatura rusa




Desde hace tiempo me dedico a hacer listas de los libros que me leo a lo largo de un año. Hasta el momento 2007 fue mi año más fructífero: 26 libros, en su mayoría novelas de ficción. ¿El que más me gustó?: empate entre White teeth (Zadie Smith), Keep the aspidistra flying (Orwell) y Estupor y temblores (Amélie Nothomb). ¿El que menos?: Pedro Páramo (Juan Rulfo), que por muy clásico y obra maestra que sea no lo gocé como es debido, y nunca he vuelto a pensar en él. Así lo entiendo yo: si tras un leer un libro no vuelves a pensar en él jamás, mal. A veces ocurre que lees un libro que no te ha gustado, pero de vez en cuando te acuerdas de él, y piensas entonces que sí te gustó un poquito, o que quizás no lo leíste en el momento oportuno.

2005 también fue un buen año: 24 libros, aunque hubo más de siete que no me gustaron. Y es que en 2005 mi abuelo aún no había cogido papel y lápiz para demostrarme cómo, a lo largo de toda una vida, una persona como mucho podría leer 7280 libros; y esta conclusión numérica implica dos libros a la semana durante setenta años. Este dato me resultó lo que viene a ser abrumador, y desde entonces no me siento mal si dejo un libro a medias porque me está resultando soporífero.

Este año voy fatal. Desde enero sólo he leído 11 libros. Las causas son varias:

- moverme sin parar y sin sentido de un país a otro, normalmente en compañías de avión de bajo coste o low cost que sólo permiten equipajes de 15kg (bajo pena de 25 euros el kilo extra). A la hora de empaquetar, mi vestuario, que no varía desde hace algunas temporadas, le suele ganar la partida a los libros.

- el estudio discontinuo de Filología Hispánica, que me obliga a saturar mis neuronas de poemas de amor cortés en castellano medieval. No sé si conseguiré ser filóloga, total, ¿por un papel?

- falta de tiempo y/o tranquilidad

- otras cosas (como diría mi amigo Iván Parlorio)


La buena noticia es que una semana de vacaciones en Suecia ha ayudado a equilibrar un poco esta situación que, a puntito de entrar en el octavo mes del año, sentía lejos de controlar. En estos días de gozo y relajación he leído The life and adventures of private Ivan Chonkin, de Vladimir Voinovich. En España fue publicado hace relativamente poco por Libros del Asteroide como Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin. No sé qué tal estará la traducción castellana, pero con la inglesa he disfrutado como una enana.

El estilo y tono del libro son muy similares a los de Tom Sharpe: personajes estrambóticos en situaciones cada vez más enrevesadas, harto fáciles de imaginar como si de una película-cruce entre Woody Allen y Leslie Nielsen se tratase. Ahora, siempre que he leído a Sharpe me lo he pasado bien, muy bien, pero ya está. La historia de Voinovich es tan divertida como las de Sharpe, pero además rezuman ironía y sarcasmo la mires por donde la mires. Supongo que si fuera británica entendería el humor de Sharpe desde la perspectiva de haber mamado de siempre la cultura británica. Pero tampoco soy rusa y las aventuras de Chonkin me parecen inmejorables.

Como siempre, son los pequeños detalles los que me han cautivado. El autor debió es el típico ser humano-esponja capaz de absorber todo aquello que ocurre a su alrededor y plasmarlo por escrito de una manera tronchante que combina naturalidad y absurdo. Las penurias del buenazo de Chonkin en el Ejército Rojo, la administración soviética (purgas incluidas), la ruptura del pacto de no agresión germano-soviético, Stalin, ese tipo del acento tan raro… No puedo con Voinovich, ¡que me lo quiten!

Y hablando de rusos, mi vida es otra desde que hace poco me topé por casualidad con un libro de un tal Daniel Kharms. Ejemplo:

Cierta anciana, por ser demasiado curiosa, se cayó en picado desde una ventana, se estampó contra el suelo y se rompió en mil pedazos.
Otra anciana se asomó por la ventana y empezó a mirar los restos de la primera, pero también, por ser demasiado curiosa, se cayó en picado por la ventana, se estampó contra el suelo y se rompió en mil pedazos.
Entonces una tercera anciana se cayo en picado, y luego una cuarta y después una quinta.
Para cuando se cayo la sexta, estaba aburrido de mirarlas y me dirigí al Mercado Maltseviskiy donde, según decían, habían entregado un chal de punto a un hombre ciego.

Jamás leí nada mejor. La traducción es mía, del inglés. La traducción de la traducción...

martes, 22 de julio de 2008

And the winner is.... ME !!!

Llevo casi una semana de vacaciones en Estocolmo, pero no es de esto de lo que queria hablar. Solo destaco este detalle para explicar por que escribo sin tildes desde el portatil de una amiga de mi novia en cuya casa estamos acampando.

Hace un par de semanas estaba en ese lugar al que voy y hago cosas a cambio de un dinerito (reconozco, sin miedo ni tapujos, que amo la libreria) cuando recibi una llamada telefonica de lo mas satisfactoria. Ni siquiera el vozarron antierotico de la mujer al otro lado de la linea, una espannolaza que debio nacer con un Ducados en los labios, mermo un apice la ilusion y orgullo que de pronto asaltaron mi ser.

Resulta que !por fin! tantos sellos y sobres y parrafos han dado su fruto: he quedado finalista en un Concurso Internacional de Relato Breve. En toda mi vida solo me he presentado a 78392474539 concursos, asi que ni siquiera ganando el primer premio (4000 euros) podria cubrir el gasto acumulado en Correos, porque las distintas bases de los distintos concursos siempre suelen pedirte que envies varias copias de tu cuento y hasta que certifiques el paquete. Pero es igual: !soy finalista! En noviembre van a publicar un libro con los 19 relatos seleccionados para tan artistica ocasion. Asi es Lu. Lu es asi.

Gracias, gracias.

jueves, 3 de julio de 2008

Un buen día

Me encanta cuando en ocasiones me veo en la tesitura de tener que hacer algo que no me gusta y luego va y me encanta. Hoy ha sido un buen día.

Al comenzar mi andadura en la librería me preguntaron a qué secciones me gustaría dedicar más horas. Sin duda contesté Fiction, Linguistics, Travel Writing y Literary Criticism. No lo hicieron, pero de haberme preguntado a qué secciones preferiría no acercarme ni muerta, también sin duda habría contestado Gardening, Sports y Psychology.

Resulta que SKOOB BOOKS es famosa en el mundo entero (bueno, quizás sólo en el UK, o quizás sólo en London… en Bloomsbury desde luego es toda una institución), decía que es famosa por sus macro secciones de Psychology, Philosophy, Classics, Academic Books y Theatre Studies & Plays. Esto significa que el mimo aplicado a estos temas es bastante importante.

¿Que qué ha pasado? Pues que me ha tocado recolocar la sección de Psicología enterita. La verdad es que los libros ya no cabían ni en las posiciones más inverosímiles: había que hacer algo.

Conseguir espacio sin poder deshacerte de ningún libro no es fácil. Menos mal que una es apañá y enseguida lo he visto claro: mover los libros de Criminology a un cajón que me he apropiado como estantería supletoria y tener así dos baldas extras para jugar con Psychology. En total ahora hay dieciocho baldas dedicadas al tema: Introducción a la Psicología, Psicología Infantil, la Mente, la Mente y el Cuerpo, Psicología de la Salud, Estadística Aplicada a la Psicología, Psicopatología, el Comportamiento Humano, Etología, la Percepción, la Memoria, Estudios sobre el Desarrollo, Esquizofrenia, Depresión y Ansiedad, Suputa Madre, Autismo, Desórdenes Mentales, la Personalidad, la Inteligencia, Problemas Mentales, Psicología Cognoscitiva, Psicología Social, el Aprendizaje, Psicoterapia, Gestalt, Psicoanálisis, Freud, Jung y Basta Ya!!! Me lo sé para nota. Y me lo he pasado pipa. Además, ha venido una señora capulla, de esas que se prodigaban en la Fnac y que van a pillarte. Me ha preguntado por los libros sobre la Percepción Aplicada al Aprendizaje y le he dicho:

¿Al aprendizaje social, animal o clínico? Está todo en estas baldas. Si tienes algún problema me avisas, ricura.

Da gusto el cambio de clientela que se advierte entre una gran superficie tipo Fnac o Borders y una librería de segunda mano:

- los clientes te interrumpen si acaso un par de veces en ocho horas. Les gusta descubrir tesoros por ellos mismos, y rara es la vez que te preguntan si quiera donde queda tal o cual sección.

- algunos preguntan, obviamente, pero su tono de voz es suave tirando a inaudible, y entre esto y la mujer que a gritos y con el móvil en la oreja te pregunta que quién escribió el Quijote porque de repente se le ha olvidado, me quedo con los susurrantes.

- si por algún casual no tenemos algún libro (ocurre a menudo), los clientes no se enfadan contigo, ni te amenazan a título personal con no volver jamás a esta tienda porque en la Casa del Libro siempre tienen lo que buscan. Como si mi salario dependiera de gente como tú, subnormal.

- los libros cuestan, como máximo, la mitad de su precio de mercado, y la gente se vuelve loca de alegría. Lejos quedan ya los apuros que a veces me entraban cuando en la Fnac me decían que pagar 25 euros por las Confesiones de un fumador de opio de De Quincey, por muy nueva que fuera la edición, era una pasada. Supongo que sólo querían desahogarse y verter su disgusto en la parte de la cadena empresarial que, desde luego, no podía ayudarles. Yo les miraba con ternura y decía que ya, que menudos cabrones, y les aconsejaba que miraran en http://www.iberlibro.com/ para ver si encontraban una copia de segunda mano a un precio más realista (aunque alguien lo hubiera tocado antes).

¿Por qué en España todo tiene que ser de primera mano? ¿Por qué no triunfan las cosas usadas? Aunque la gente se piense que claro que tenemos mercadillos, seamos serios: los mercadillos tienen casi siempre mierda, y la gente lo sabe. Yo hablo de la segunda mano en general, para todo, no sólo de coches y mini cadenas. A ver si esto del Ebay trae algo positivo de cara al comportamiento humano español, además de mermar los ingresos de las grandes superficies. Lo sé: ¿Y qué pasa con el pequeño comercio? Es quien más sufre, desde luego. Sufre tanto que se muere. ¡No a las grandes corporaciones! ¿Qué son dos euros más? Vale, 1000 euros al cabo del año, pero ¿y tu conciencia?

Trabajar de 10 a 18 es nuevo para mí. ¡Y con una hora para comer pagada! 40 horas a la semana, que en realidad son 35, y haciendo lo que me gusta… voy a llorar, de felicidad.

Al volver a casa en bici me han entrado ganas de celebrar esta alegría, pero como no tengo amigos (buaaaaa) me ha tocado irme sola a un pub del barrio al que hacía tiempo había echado el ojo. Se llama The Pelican y resulta que los jueves tienen el Juego del Dado. Pides lo que quieras y tiras dos dados. Si sacas una cifra mayor que la del camarero, no pagas nada. Si el camarero gana, pagas como siempre. Como estaba contenta he tirado los dados llena de confianza, saboreando ya en mi boca la cerveza rubia portuguesa que me había pedido. He sacado un uno y un cuatro. El camarero ha gritado emocionado, porque según él llevaba toda la tarde perdiendo. Entonces ha tirado y ha sacado un uno y un dos. ¡Tooooooooooma geroma!

martes, 24 de junio de 2008

Las pintas no lo son todo


Camaradas,

Ahora que mi vida como camarera va llegando a su fin, he sentido la necesidad (poco imperiosa) de documentar los pequeños detalles que hacen de esta ocupación un día a día tan escaso de glamour. Atención, que tacho: a partir de ahora no se me puede olvidar que está prohibido trabajar tanto de recepcionista como de camarera. Es preferible emular a Ignatius Reilly y malgastar una juventud irrecuperable al frente de un carrito ambulante de perritos calientes. ¡Qué difícil es la vida de una chica guapa, overeducated y con las ideas tan poco claras!

Resumiré todo aquello que pretendo comunicar mediante la disección pormenorizada de un día cualquiera en el Film Café: domingo 23 de junio de 2008, mi antepenúltimo día sirviendo detrás de una barra.

Tras ciclear treinta hermosos minutos por parques atiborrados de gente medio desnuda (el sol brillaba, aunque el viento soplaba bravo bravísimo) llegué a mi destino, el Film Café bajo el puente de Waterloo, cinco minutos antes de la hora. Confieso que normalmente sucede a la contra: cinco minutos después de la hora.

Una vez aparcada y candada la bici, llegó el momento de introducir mi ser en ese cuartucho sin ventilación y lleno de ropa, trapos y zapatos sucios y malolientes que dicen llamar Vestuario. Yo me cambio en el cuarto de baño para minusválidos antes que exponer mi piel a semejante hedor a podredumbre y descomposición animal, vegetal y mineral. Pero ahí están las taquillas para guardar tus posesiones. Es maravilloso llegar cada mañana o tarde con tan pocas ganas de volver a perder ocho horas de tu vida y encontrarte de sopetón con ese olor a mierda pura.

A la una en punto, de luto riguroso, traspasé la puerta que lleva al pequeño recinto de detrás de la barra y saludé a mis compis del día: portugués, polaca, serbio, brasileño, polaco e hindú. Y fue entonces cuando atisbé el desastre y puse el grito en el cielo (y en inglés):

- What the fuck is that?! (¡¿Qué coño es eso?!)
- Oh yes, the coffee machine is leaking (Ah sí, la cafetera pierde agua)
- Again?! (¡¿ Otra vez?!)

Nuestra cafetera Cimbali – no se qué – no se qué es un truño estelar que cuando no pierde agua la palanquita que deja la leche a punto para capuchinos se rompe. Así no se puede trabajar.

El agua se escapaba por dos sitios distintos de la parte de debajo de la máquina, y el técnico no trabaja los domingos. Solución del Manager: cada cinco minutos meter mogollón de papel higiénico para que empape. Solución de Lucía: negarse a usar la máquina. Al final el Manager concedió que su idea absurda del papel higiénico no podría evitar una electrocutación segura y masiva, puesto que agua + enchufes = NO.

De mis compis, el portugués no hace absolutamente nada salvo hablar de por qué no está haciendo absolutamente nada porque está explicando por qué no está haciendo absolutamente nada; el serbio es nuevo y poco avispado; para el hindú cualquier excusa es buena para dejar de trabajar y pirarse a la cocina a saludar al Chef; el brasileño se niega a trabajar con el portugués o el hindú y se autoerigió camarero de sala para el día; los polacos nunca fallan, trabajan duro y es un placer saber que no eres la única idiota dispuesta a herniarse por un puñado de pistachos (= mi sueldo).

Para redondear el día, la Alta Dirección ha decidido subir harto los precios de todo, y por algún indescifrable motivo han optado por no decir nada a aquellos que trabajamos sirviendo y cobrando lo mismo una vez tras otra, automatizados al máximo. A la cuarta pinta me di cuenta de que estaba cobrando menos de lo que la caja indicaba, puesto que lo hacía de memoria sin mirar a la pantalla. Ipso facto se lo quise comunicar al Manager y ¿qué me dice?: pon la diferencia de vuestras propinas. ¿Y qué le dije? Mira no me vaciles ni me hagas empezar a hablar.

(Inciso: he encontrado curro en una librería estupenda, pero de todas formas mis días en el Film Café estaban contados y recontados. El fin de semana pasado nos registraron. Uno a uno nos hicieron ir pasando al Vestuario y tuvimos que abrir las mochilas y carteras y palparnos los bolsillos. Yo no me podía creer que eso fuera legal, porque fue el Manager quien llevó a cabo el registro. Debieron ser las nulas ganas de ponerme a discutir allí dentro, con el olor a ratas muertas tan próximo, lo que me hizo hacer lo que me pedían en lugar de negarme y llamar a mi abogado. Si él iba de flipado, ¿por qué no ir yo también? Al día siguiente traté de pedirle explicaciones y ¿qué me dice?:

- Yo puedo hacer esto, en tu contrato lo pone
- Yo no he firmado nada
- Ah sí, tienes que firmarlo
- Ah sí, me piro de esta empresa, esta es mi última semana


Fin del inciso)

Los domingos suelen ser bastante tranquilitos, y por eso pensé que me dejarían marchar una hora antes de que terminara mi turno para poder ver al menos la segunda parte del España-Italia. Pero no. Los clientes formaban bellas filas humanas que no parecían tener fin, y cuando lograban hacer su pedido se enfadaban con nosotros, los camareros pringados que ni pinchamos ni cortamos el bacalao, por la subida de precios, porque no servimos café y han hecho cola para nada o porque no tienen dinero en metálico, sólo tarjeta (oh sí, también se estropeó la maquinita de las tarjetas de crédito).

Menos mal que el Chef trajo de pronto boles de fresas con helado para todos, y que me escapaba de vez en cuando al cuarto de los Seguratas para ver la primera mitad del partido.

A eso de las nueve la cosa se calmó y me perdonaron la última media hora. Me serví una pinta y corrí al cuarto de los Seguratas, pero todos son argelinos y les estimulaba más Gran Hermano que la selección española de fútbol. Con las mismas me cambié y me fui a un pub cercano a ver lo que quedaba de la segunda mitad, la prórroga y los penaltis. ¡Vamos España!

Mi día terminó en el Soho. Tras el partidazo pedaleé hasta allí para encontrarme con mi novia, su hermano y una amiga noruega de él. El Café Boheme en Old Crompton St es fashion a más no poder, y el Segurata de la puerta no se creía que una chica con mi aspecto tuviera dinero para consumir nada ahí, y se empeñaba en que sólo quería entrar al local (nuestra mesa estaba en la terraza) para mear. Al final tuvo que venir el Segurata de la terraza para corroborar que mi historia era cierta. Fue estupendo.

En el baño había una cola de tres chicas para dos váteres, uno con papel y otro sin. Fue más estupendo todavía cuando una de las chicas se giró para preguntarme si no quería entrar en el baño sin papel higiénico. Puse cara de “Te odio y siempre te odiaré” y le pregunté si tan mala pinta tenía. La chica se limitó a sonreír.

sábado, 21 de junio de 2008

Circulando por Malta


Ciertas críticas constructivas de a quien fatalmente me referí como "único motivo de mi visita a Malta" me han recordado mi intención añeja de escribir sobre ese bello país que visité hace sesenta días.

En Malta, sin coche, estás jodida. Tienes que pasar SIEMPRE por la capital, Valleta, para ir a cualquier lado. Todos los autobuses salen desde allí y en ocasiones resulta bastante frustrante, porque en lugar de tardar veinte minutos tardas hora y media. Al menos, para amenizar el trayecto, los autobuses son de coña:
















- van a cuatro por hora

- no tienen puerta

- están plagados de estatuillas de vírgenes y santos
- los pasajeros malteses se santiguan cada vez que el autobús arranca, desciende por una cuesta o pasa junto alguna de las vírgenes o santos que dominan las esquinas de cualquier edificio

- el timbre de "parada solicitada" es una cuerda de la que tiras y suena un pito ridículo











Los trayectos cuestan 0,47 euros, salvo si necesitas llegar a algún lugar sin parada contemplada, en cuyo caso debes regatear un precio absurdo con el conductor para que te deje en la puerta de donde necesitas ir. Y nadie se queja. (Imagínate, oh lector ensimismado, que vas en el 27 - Plaza Castilla / Embajadores - y pagando 14 céntimos más el conductor se desvía por Génova para dejarte en la mismísima puerta de la Librería Internacional, en la Glorieta de Alonso Martínez. Me parto).

Las carreteras son perfectas si fuésemos cabras, pero un problema en caso de ir motorizados. Con coche la isla debe medir como de Moncloa a Las Rozas, otra cosa mariposa es que esté señalizado. Los malteses no deben sentir necesidad alguna de indicar direcciones, y la conducción para una recién llegada puede ser motivo oportuno de infartos. Añadiré información: por los caminos y carreteras semi asfaltadas tienen la misma prioridad los coches, los autobuses, las motos y los taxis-carricoches tirados por caballos enclenques que sin duda merecen la eutanasia. El hecho de que conduzcan además por el otro lado, como los británicos, se queda en mera anécdota.





lunes, 16 de junio de 2008

SKOOB BOOKS

¿Será que los polacos se mueven siempre de dos en dos? En mi primer trabajo en Londres había dos Magdas. En el segundo, dos Adams. En el tercero, dos Anias. Efectivamente, oh lectores esbeltos, la chica automática tiene un nuevo empleo. Me ha costado casi dos meses, pero empiezo a meter la cabecilla en el mundo de las librerías:




He de remontarme a Madrid. Cuando mi día a día aún estaba empañado por la servidumbre oficinil poco amada, dediqué varias horas (y medio tóner) a confeccionar e imprimir una lista interminable de librerías londinenses. Encontré más de quinientas.

Una vez aquí me puse manos a la obra enseguida. Cada vez que tenía el día o unas horas libres cogía la bici (lo sigo haciendo) y visitaba cuantas más librerías mejor. Así conocí SKOOB BOOKS.

Ni miento ni exagero ni me lo invento para que quede bonito si afirmo y aseguro que en cuanto bajé las escaleras, entré a SKOOB y observé el panorama pensé: OH-MY-GOD.

Es un sótano inmenso, cero claustrofóbico, que rebosa libros (de segunda mano), estanterías (de madera), un piano (afinado). Me recordó muchísimo a mi querida Armchair Books de Edimburgo (de hecho es como un Armchair a lo bestia, pero sin Struan). Huelga decir que en ese instante pedí un trabajo, pero no hubo suerte.

Visité más y más librerías, fui a Hay on Wye, el señor que vende libros debajo del Waterloo Bridge, frente al Film Café que en breve abandonaré, es mi colegón; pero no encontraba nada como SKOOB.

Al mes volví a dejarme caer por allí… y sonó la flauta. Tirirí. Un chico chileno que les ayudaba algunas horas a la semana se acababa de marchar con billete de ida a Corfú y me ofrecieron su puesto. Me sentí más dichosa si cabe aún que la Cenicienta.

De momento voy a mantener mi ocupación estelar como camarera hasta que los de SKOOB sepan qué hacer conmigo. A día de hoy me tienen de chica para todo. Tan feliz.

¿He comentado ya que SKOOB está en pleno barrio de Bloomsbury?

martes, 10 de junio de 2008

Hay on Wye



¿Acaso hay una manera mejor de aprovechar cuatro días libres seguidos que marchándose de aventura total a Gales? ¿Acaso aún tienes amigas con el pelo encrespado?

En el pequeño pueblito galés de Hay on Wye (seis calles y treinta y dos librerías de segunda mano) tiene lugar, desde hace años, el The Guardian Hay Literature Festival. Diez días repletos de libros, autores, conferencias, conciertos, compra-venta, comida y, tratándose de Gales (el charquito británico), de lluvia purificadora. Estos cuatro días libres no podrían haber llegado en mejor momento.

La idea de irnos de viaje fue, como siempre ocurre con nosotras, imprevista a más no poder. Servidora llevaba años siguiéndole la pista al festival y me dije: ahora o nunca. Haciendo gala del sentido poco práctico que nos caracteriza, mi chica y yo empaquetamos cuatro bragas en cero coma y nos personamos con nuestras bicis en London Paddington. El autobús hubiera sido mil veces más barato, pero nuestro espíritu de millonarias no es ninguna broma (y en el tren se pueden llevar bicis). Las escasas 200 libras que teníamos cubrían malamente los billetes y una noche en algún buen lar.

Desde hace tiempo, cada vez que he tratado de ser espontánea (o, dicho de otro modo, de huir escopetada de un lugar sin dinero ni plan ni nada de nada, sólo con la esperanza de tener más suerte la próxima vez) la realidad se me echado encima cual losa aplastadora para recordarme que no es cuestión del lugar, sino de la actitud de una misma. Bla, bla, bla. El caso es que esta vez la espontaneidad dio frutos buenos y logré contactar con una antigua compi del cole que vive en Cardiff y que nos invitó por supuesto a su hogar las noches que hicieran falta. No nos veíamos desde que acabamos COU, hace más de nueve años ya, pero trece años juntas en el San Patricio son muchos años.

La capital galesa, o lo que yo vi de ella, me pareció un hervidero de lugares comunes. ¡Maldita globalización!: Starbucks, Kentucky Fried Chicken, Café Nero, McDonalds, Tesco, Sainsbury’s, The Body Shop... El único lugar con carácter que atisbamos fue The Goat Major, un pub plagado de fotos de distintas cabras que han sido mascotas del ejército galés por los siglos de los siglos. Estos galeses son la pera.

Tras una noche en casa de mi colegona, al día siguiente cogimos un tren Cardiff-Hereford. De Hereford a Hay on Wye hay veintidós millas mortales que, tanto a la ida como a la vuelta, dan la impresión de ser una subida constante para un alma tan poco acostumbrada al cicleo prolongado como es la mía.

Entrar en el paraíso no creo que diste demasiado de llegar a Hay por primera vez: las seis calles estaban de punta en blanco y, miraras a donde miraras, había librerías por todas partes. Me importaría harto poco pasar allí una buena temporada.

Nuestra primera visita fue obligada a la par que placentera: la librería de Richard Booth, el alma máter de todo este tinglado. Allí compré el Sartor Resartus de Carlyle y Utopía de Tomás Moro.


Después pedaleamos una milla fuera del pueblo para llegar al Festival Site, que no me enamoró lo suficiente. Me refiero a que eran carpas con distintos actos programados, todo muy de quita y pon. Nada que ver con el carácter del pueblito en sí. Este año visitaba el Festival bastante gente que me habría gustado conocer, pero nadie iba los días que yo podía quedarme: Ian McEwan, Siri Hustvedt, David Lodge, Catherine Tate, John Irving, Kasparov, Salman Rushdie, Kathleen Turner... España estaba representada por el sexy entre los sexys, Juan Manuel de Prada.


El tema de pasar la noche fue un tanto complicado. Durante el Festival el pueblo acoge a 80.000 visitantes que reservan sus alojamientos con varios meses de antelación. Llovía a cántaros y la opción de pagar un riñón por alquilar una tienda de campaña (tampoco llevábamos sacos) en un terreno fanganoso que alguien se había inventado como camping festivalero no iba conmigo. Menos mal que encontramos un papel con el teléfono de una granja orgánica a cuatro millas del pueblo que ofrecía una bella habitación doble, con bañera, a un precio más asequible.

Pedalear hasta la granja no fue tan pesado, y al llegar supimos que jamás antes habíamos tomado una decisión más acertada.

Primrose Organic Farm es un lugar aconsejable por mil motivos: es preciosa, todo es orgánico y natural, cultivan y producen todo aquello que necesitan, hacen cursos con niños, forman parte del WOOFING, puedes comer sus alimentos hasta reventar, el Bed & Breakfast es tan acogedor que no querrás marcharte.

Al día siguiente pasamos del Festival Site por completo y recorrimos cada librería del pueblo sin riguroso orden. La escasez de dinero en metálico me obligó a portarme muy bien. Sólo compré Padres e hijos (Turguenev), una recopilación de ensayos de Orwell y la prosa completa de Virginia Woolf.

Ese mismo día volvimos a Londres. No dejo de pensar en una casita de dos pisos, en el medio de Hay, que tenía un cartel de “se alquila”. ¿Debería lanzarme? ¿Por qué no? ¿Por qué sí? ¿De qué viviría? Salvo la semana y media que dura el Festival el resto del año el pueblo no es lo que viene a llamarse un happening place. A mi esto no me importa, pero sí me preocupa el tener que trabajar y que no haya dónde. ¡Indecisiones, indecisiones!